Invertir en pérdidas. El I+D del TCC

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El maestro Zheng Manqing (Chen Man Ching) insistía mucho en el concepto de “invertir en pérdidas“, animando a sus alumnos a no ganar a cualquier precio y perder con gusto antes que utilizar recursos ajenos a los que se utilizan en TCC.

Esta idea de invertir en pérdidas, me temo que se entiende muy mal.

Por un lado está el instinto de supervivencia que nos hace reacios a aceptar de buen grado la idea de derrota. Y para ser sinceros, si hablamos de un enfrentamiento real, lo de “invertir en perdidas” es una idiotez. En un enfrentamiento uno ha de intentar lo primero resultar indemne y justo detrás, no perder, al precio que sea, si es necesario contraviniendo los principios de sistema, pues los contravenimos. Entiéndase que hablamos de una situación real en la que nuestra integridad física está seriamente amenazada.

Por otro lado, en el entendimiento de “invertir en pérdidas”, se da con frecuencia una nefasta influencia ya sea del concepto cristiano de “ofrecer la otra mejilla” y “los justos serán recompensados en la otra vida“, o del concepto budista de “Karma“.

Demasiados piensan que uno “se deja ganar”, “no se resiste a la derrota” y de un modo místico, esotérico y sobre natural, se produce una manifestación de “justicia cósmica” y somos recompensados con la victoria, en respuesta a nuestra actitud resignada y no violenta.

Lamento tener que indicar a los “creyentes” que este salto esotérico es una necedad y “así” no se va a dar. No hay “recompensas divinas” en función de nuestra ciega adhesión a ideologías morales, que por otro lado poco o nada tiene que ver con el TCC.

Sin embargo, hay una serie de elementos físicos, reales y mundanos, ajenos a influencias celestiales, que si hacen uso del concepto de “invertir en pérdidas” y que de hecho son en el TCC la base estratégica de aprendizaje primero y de respuesta después, en una confrontación física.

Se suele decir que “no hay secretos” en el aprendizaje de un arte marcial, más allá de “entrenar mucho”. Bueno, si le añadimos “entrenar bien, siguiendo correctamente ciertos principios”, estaremos mucho más cerca de la verdad.

Si que hay “secretos”, aunque la mayoría de ellos es nuestra propia necedad quien nos impide descubrirlos. “Invertir en perdidas” es uno de ellos y la mayor dificultad que tenemos es entender que en TCC, SI debemos invertir en pérdidas para aprender a ganar primero y para GANAR en general. Y lo segundo que hay que entender es que no hay nada de espiritual, ético, divino o sobre natural en ello. Simplemente es UNA TÉCNICA  de aprendizaje y una estrategia de combate.

Entremos en materia práctica. Nuestro rival nos empuja (usaremos un ejemplo muy simple y de fácil repetición) en el pecho con sus manos. Pretende evidentemente desplazarnos y seguramente hacernos caer. Para ello nos empuja, nos mueve y simultáneamente, aunque no es objeto de su atención ni intención, él TAMBIÉN se mueve.

La primera respuesta que de forma innata todos usamos es resistirnos a su empuje, a su intención de movernos. Es mejor que permitir que logre su objetivo, que simplificando es hacernos daño, pero no es el modo más inteligente de conseguirlo.

Analicemos en fenómeno desde un punto de vista “no dual”. Frente a “TÚ me empujas YO intento impedirlo“, adopto otra actitud de “Tú te mueves y Yo dejo que NOS muevas“. Aquí la primera clave.

No impedimos que el rival nos mueva, pero si que nos unimos a su movimiento, de forma que pasamos de ser dos cuerpos que se oponen, a dos cuerpos en el que uno de ellos aporta la energía cinética necesaria para generar el movimiento de ambos.

Además, esta falta de oposición, genera con facilidad el que el rival se encuentre con que su cuerpo no ha recibido la esperada resistencia y por lo tanto se mueve de un modo que no responde totalmente a lo esperado.

Sólo ésto, ya genera una serie importante de oportunidades de respuesta. Además, no habremos invertido una significativa parte de nuestros recursos en anular los del rival.

Segunda clave, no impedimos su movimiento, pero si su objetivo. Al permitir que el rival nos empuje, debemos tener una actitud que diga algo así como “¿quieres avanzar en mi dirección?, pues pasa, pero sin que yo caiga“. Es decir, no le impedimos avanzar, no le impedimos que nos mueva, pero si evitamos que nos desequilibre. Para ello dejamos que nos desplace, pero trasformando por ejemplo traslaciones en giros, de modo que nuestro equilibrio y posición en el espacio no sea perjudicial para nosotros, pero si permitiendo que su energía cinética se invierta en movernos de un modo inocuo para nosotros. Es evidente que ésto no es fácil de hacer, pero la primera condición para lograrlo es tener una actitud poco beligerante con el movimiento y la fuerza del rival, ciñendo esta beligerancia a no permitir que dicha fuerza nos haga daño, pero si favoreciendo que nos mueva  A AMBOS.

Esta es la clave del “Hua Jing” o la habilidad de “neutralizar“.

Visto así, “invertir en perdidas” consiste en no esforzarse en impedir el movimiento del rival, sino muy al contrario, favorecerlo, con la salvedad de que mientras que el movimiento de su cuerpo en principio no será alterado por nuestra fuerza, el que la suya imprima al nuestro, si será modulado para hacerlo inocuo.

Es la actitud no beligerante lo más difícil de conseguir y en lo que debemos invertir considerable tiempo y esfuerzo para llegue a ser nuestra respuesta primaria y refleja ante cualquier fuerza que nos sea aplicada, ya venga en forma de empuje, intento de proyección, luxación, golpe… Aunque más que “invertir en pérdidas” tal vez el nombre correcto hubiera sido “invertir en la aceptación y la no beligerancia“. Sin embargo queda otro aspecto, altamente “secreto” porque depende de que el practicante acepte este primer aspecto de no beligerancia para poder ser utilizado y que justifica plenamente el nombre de “invertir en pérdidas“.

Volvamos a nuestro ejemplo del empujón. El compañero (ahora hablaremos del aprendizaje) nos empuja y debemos contrarrestar su técnica, partiendo de la no resistencia. Salvo por pura suerte, lo que va a suceder es que al no resistirnos, seremos duramente empujados.

Si caemos en la auto-trampa que nuestro ego nos tiene preparado, nos resistiremos en la siguiente ocasión y unido a esta resistencia, utilizaremos nuestra habilidad para intentar  generar una contra a su empuje. Y lo malo es que además, progresaremos bastante y lo lograremos en una más que razonable medida. ¿Malo?. Si, “malo” porque ésto nos cierra la puerta a conseguir un tipo de repuesta aun mucho más eficiente, que eso si, parte de la cesión y la actitud no beligerante frente a la fuerza del rival. Sin esa actitud, simplemente, no hay materia prima para  poder realizarla.

I+D

En una empresa, el dinero está en el departamento de contabilidad, pero desde luego, no es allí donde se genera, aunque sean ellos los que lo tienen y a quien se les pide cuando hace falta hacer frente a un gasto.

El departamento de ventas es el responsable de que el dinero llegue a la empresa, pero tampoco es en ese departamento donde se general la riqueza.

En producción se genera el producto y aunque es un departamento que “gasta”, evidentemente es el que “produce”.

No obstante hay otro departamento, que sólo genera “gastos” y es el de I+D. Ellos no producen, solo “piensan” y realizan caros prototipos que además, no son aptos para la venta directa. Y sin embargo son sus ideas y proyectos los que dan trabajo a producción, a ventas y finamente al departamento contable.

I+D no es rentable de forma inmediata, es una inversión que solo a medio y largo plazo devuelve (o no) la inversión los correspondientes intereses.

Invertir en pérdidas” es exactamente lo mismo. No es algo que puedas usar o que de rendimiento inmediato, pero es la base de de una gran riqueza técnica y de un profundo entendimiento del sistema.

Volvamos al punto en que nos han empujado y hemos sido desplazados de un modo “incómodo y no deseado” hasta un punto del espacio en que que no deseamos estar.

Una vez que ya me han desequilibrado y he empezado a volar, es cuando debo de ser inteligente y “estudiar” que ha hecho mi cuerpo en esas fases iniciales de su empuje. Por lo general, mi torso se inclina hacia detrás, arrastrando a mi cadera y salvo contadas excepciones, a una de nuestras piernas, que dependiendo de la intensidad, será seguida o no por la otra.

Ésto es “invertir en pérdidas”. Dejaremos que el compañero nos empuje muchas veces, pero nos centraremos en que está pasando en NUESTRO  cuerpo mientras somos empujados. El primer paso sería no permitir que nuestro torso se inclinase. Para ello hay que mantenerse derecho y permitir que su empuje nos mueva “en bloque” (con amplias matizaciones que son precisamente el objetivo del estudio), sin por ello resistirse. Eso genera que es ahora nuestra cadera y no nuestro torso quien recibe el grueso del impulso. Y aunque seguiremos siendo desplazados, ahora nuestro equilibrio ya no será tan afectado, pues al ser aplicado de forma final el empuje del rival, sin importar donde nos toque, cerca de nuestro centro de gravedad, el equilibrio se conserva con más facilidad.

Bien, nos empujan en el pecho, no nos ponemos rígidos y el esfuerzo se traslada  la cadera. Ahora lo usual es que una de nuestras piernas se ve arrastrada por la cadera. Podremos utilizar esa energía cinética aplicada para dar un paso en el que nuestro único esfuerzo es controlar donde y como queremos que caiga el pie. O incluso antes, sin dejar que se llegue a mover el pie, permitir que el empuje nos gire la cadera, cintura, torso…

Es el estudio del como perdemos, el que nos indica por donde la fuerza del rival puede y debe ser anulada. Si su empuje me lanza por los aires y mi pie derecho fue el primero en despegarse del suelo, debería haber cedido en mi cadera derecha, permitiendo que el empuje del rival la mueva (no anticipándome sino adhiriéndome a su empuje) o dejando que ese empuje me inicie el paso correspondiente con el pie derecho.

En definitiva, recibo un montón de empujes y permito que me “ganen” porque es en el estudio de la correspondiente derrota donde puedo encontrar la respuesta más económica y demoledora de la técnica del rival. Por el mismo sitio que “entra” su técnica, el rival abre una puerta a nuestra contra, pero si nos enfrentamos a la misma, esa puerta como tal, no llega a abrirse.

Sobre las “puertas”, cada vez que atacamos, nos descubrimos. E incluso aunque no ataquemos y estemos en guardia, siempre hay “puertas” por las que el rival puede atacar. Uno intenta mantener “cerradas” las que el rival quiere utilizar a su favor y deja “abiertas” aquellas que cree no son vulnerables en un determinado momento, porque no es posible cerrar todas simultáneamente.

Pero hay algo que yo al menos no he conseguido y es cerrar la puerta que implica mi ataque. Cuando atacas, creas una “puerta”, en un sentido más amplio que el simple “hueco por donde te pueden pegar” y que permanece abierta hasta que terminas tu técnica o el rival te cierra al tratar de impedir tu ataque.

“Invertir en pérdidas” te enseña a estudiar el como anular la técnica del rival, a como dejarle abierta esa “puerta” que corresponde a su ataque durante más tiempo y a como utilizarla. Y al no “resistirte”, la “puerta” asociada a tal resistencia, que tu rival espera y conoce, no la “abres”.

Pasa algo muy curioso. Al poco de empezar a actuar “invirtiendo en pérdidas”, ya no pierdes (no tanto como si te resistes y desde luego mucho menos que al iniciarse en el método). Por el contrario y sin casi esfuerzo, es el rival el que va cayendo en su propia trampa. En muchas ocasiones parece que el rival colabora para perder y en cierto modo nuestra falta de resistencia activa a su movimiento, hace que eso sea lo que sucede. Y da la impresión de que sin fuera, sin esfuerzo, sin intención y sin beligerancia, tú ganas y él pierde.

Es evidente que “la justicia del universo” no te defiende. Eres tú con tu técnica y estrategia lo que explica la victoria o la derrota, pero admito que la aparente “desgana” con la que se enfrenta uno a la técnica del rival, puede dar esa impresión, no sólo a quien lo ve, sino a los los rivales y al propio practicante.

Yo siempre animo a mis alumnos a que ante una técnica del rival que en un momento dado les supere, sin importar si era una buena o mala técnica, pierdan “a gusto” y estudien el proceso de pérdida, que “inviertan en ello” y le encuentren la salida. De ese modo la técnica “pobre” del rival la reconocemos y aprendemos a tratarla con mayor facilidad y por contra, ante una técnica de superior calidad, por un lado y mediante el ingenioso método de perder contra ella muchas veces, se la “robamos” al rival que ya sea de buen grado o sin darse cuenta “nos la enseña” y por otro, gracias al mecanismo de “invertir en pérdidas”, aprendemos a neutralizarla. Doble ganancia por una misma “inversión”.

Al igual que el I+D es una actitud empresarial que a corto plazo implica inversión y que sólo da beneficios a medio o largo plazo, despreciada por los amigos del “pelotazo”, pero por contra, el foco de las grandes y más pujantes empresas, “invertir en pérdidas” es una actitud de practicantes inteligentes que saben sacrificar el ego y sus puntuales victorias de hoy en aras de las victorias y el progreso de larga duración y permanencia, del constante desarrollo para mañana.

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Energía interna.

Aquí estamos ante otro de esos temas que siempre resultan complicados y polémicos.

La “energía interna” o más apropiadamente “Chi” cuando hablamos de TCC, son términos propios de a cultura china y en general oriental, que no tienen traducción directa en la actual cultura occidental.

No la tiene, entre otras cosas, porque es un término enormemente genérico, que se usa para denominar a demasiadas cosas, muchas de las cuales si tienen traducción directa a nuestro idioma y además, están claramente diferenciadas entre si.

Las palabras nacen con la necesidad de denominar a todas las cosas y diferenciarlas. El concepto de “chi”, según mi impresión, nace de la necesidad de darle nombre a unas sensaciones subjetivas, fruto de ciertas prácticas y experiencias.

Aunque estas sensaciones son subjetivas, si es cierto que se repiten de un modo bastante similar en todas las personas que experimentan con el mismo tipo de prácticas, lo cual nos lleva a pensar que hay una lógica en creer que existe “algo” que las genera y es común y compartido en todas esas experiencias. De ahí a ponerle un nombre, hay un solo paso y en el idioma chino ese es “Chi” (Qi en Pinyin).

La “energía interna” es algo muy simple, cuando posees un control superior sobre tu cuerpo, empezando por un elevado nivel de consciencia corporal, eres capaz de optimizar todos los recursos que tu cuerpo precisa para realizar una acción. Y me refiero a “algo” que excede al simple control del movimiento y destrezas de equilibrio, elasticidad , velocidad y fuerza, más que nada por que la consciencia corporal que nos ocupa, te permite usar recursos que por lo general no son de carácter “voluntario”.

Esa “energía interna” tiene mucho que ver con el uso de mecánicas corporales y de mecanismos neuro-musculares que no son innatos, sino que deben ser desarrollados, por caminos, además, que muchas veces resultan un tanto desconcertantes.

Pero de momento, de “Chi” no hay nada. Bien, al poner énfasis en formas de entrenamiento introspectivas, uno pasa a darse cuenta que bajo las sensaciones evidentes asociadas a una acción, hay otras, más “apagadas” en principio, pero que nos proveen de la capacidad de reconocer en mayor profundidad la calidad y cualidad de cada movimiento o acción, ya sea física o del plano mental.

Este conjunto de sensaciones, en el ámbito del TCC, se asimilan con una sensación de flujo en el movimiento y de plenitud en otras circunstancias. Y así como se activan en el movimiento y mediante un trabajo intenso de introspección, llegamos a ser conscientes de las mismas, una vez descubiertas y potenciadas, experimentamos que dichas sensaciones no son absolutamente dependientes del movimiento, sino que pueden ser activadas simplemente con la intención.

El siguiente paso es darse cuenta que si bien el movimiento físico fue el que inició este tipo de sensaciones, una vez conscientes de las mismas y adquirido cierto control, pueden ser ellas el motor del movimiento y no una simple consecuencia del mismo. Pasan de ser un efecto, a ser “la causa”.

Por supuesto, todo esto puede ser explicado como una simple alteración de la percepción, que en cualquier caso lo es, pero nos lleva con facilidad a pensar que pueda tratarse de un tipo de “sustancia inmaterial”, puesto que no hay forma de analizarla, o influidos por esa característica, un tipo de “energía” de naturaleza indeterminada pero “innegable”.

¿Innegable?. Lo cierto es que lo que no se puede demostrar, tampoco se puede afirmar. Puesto que que el “Chi” no tiene forma alguna de ser medido y que todos los intentos en esa vía, proporcionan en el mejor de los casos resultados muy parciales que no explican el total de fenómenos y sensaciones que se le adjudica a este concepto, llevan a ser cautos a la hora de afirmar que el “chi” existe como algo material. Del mismo modo, puesto que las sensaciones y experiencias se repiten, no podemos dejar de pensar que “algo debe de haber”.

Mi punto de vista al respecto es muy pragmático. Ni se que es exactamente el “Chi”, ni se si existe o es una mera alteración de la percepción, ni me importa. Lo único que me importa es que utilizando ese concepto, puedo acceder  ciertas habilidades que desde luego si que son “reales”. Fuera de esto, discutir sobre la existencia del “Chi” es una pérdida de tiempo que podrías emplear en algo más útil, pues no es previsible llegar a ninguna conclusión tajante.

Sin embargo, si practicas TCC, es igualmente absurdo negar el concepto del “Chi”, pues es la clave de muchas materias. Lo más simple es usarlo y disfrutarlo. Y resto, se lo dejamos a los filósofos.

Pagando la deuda.

Hace unos días me sucedió algo que me produjo una gran alegría, pues me reafirma en mi compromiso con el TCC.

Charlaba sobre la enseñanza del TCC y su difusión con una amiga, practicante de TCC desde hace ya más de una década, sobre las dificultades que tiene el alumno para integrarse en una escuela y “hacerse un sitio en la misma”.

Yo a ella la conocí como “nueva alumna” en el grupo en que que por aquel entonces estudiaba y del que en cierto modo era uno de sus “impulsores” y estudiante “avanzado”. Como tal, a mi la integración y consolidación de un “estatus” no me supuso problema alguno y en comparación con lo “árido” de mis comienzos, consideraba que los nuevos alumnos lo tenían todo muy fácil.

Sin embargo, ella me cuenta ahora, casi una década después, que tenía la impresión de estar en un círculo extremadamente alejado del foco de la enseñanza, ante la indiferencia de sus compañeros más avanzados que acaparaban toda la atención y enseñanza del maestro.

Todo esto, por supuesto, no tiene nada de positivo y habla de lo importante que es atender, al menos en cierto grado, a los nuevos alumnos y  proporcionarles las claves para que “encuentren su sitio” en el seno de un grupo.

La parte “bonita” de esta historia es cuando me comentó que en sus inicios se sentía perdida, sin que nadie le hiciera caso…, nadie excepto  yo, que según me cuenta, me acercaba regularmente a interesarme por lo que estaba entrenando en cada momento y a darle consejos al respecto. Me confesó que una de las razones para no abandonar, fue precisamente la atención que yo le prestaba. Y puesto que ella es hoy quien es, doy fe de que fue un tiempo bien empleado.

Cuando yo comencé en el TCC, tenía unos objetivos bastante simples, aprender un arte marcial. Y en principio lo hacía desde la óptica occidental de la economía de mercado. El alumno paga por sus clases y el maestro le enseña.

Sin embargo, las cosas no eran/son así.

Lo primero fue darme cuenta que los conocimientos que me daban, no tenían precio y que la cuota mensual, cubría el tiempo empleado, pero no lo enseñado. La cuota pagaba su tiempo, pero mi sudor es el que pagaba su conocimiento. Mi maestro no miraba el reloj a la hora de enseñar, no escatimaba enseñanzas, salvo con un único criterio, si el alumno podía o no entenderlas. Y de hecho frecuentemente nos increpaba que él estaba esperando que nosotros alcanzásemos determinado nivel para poder pasarnos muchas cosas que nos tenía reservadas, pero que precisaban ciertas condiciones previas de maduración del estudiante.

EL Maestro Liu, siempre enfocaba sus clases al nivel de los alumnos más avanzados. Pero en una ocasión nos advirtió muy seriamente que ésto sólo era posible si nosotros por nuestra parte le ayudamos con los nuevos alumnos y éramos consecuentes con el papel de “hermanos mayores” que se nos había adjudicado. En caso contrario él tendría que dedicarles más tiempo a ellos en detrimento del que nos dedicaba a nosotros.

Con esa premisa, yo siempre “recibía” a los nuevos alumnos. Me ponía un día con cada uno de ellos cuando ya llevaban unos días de “rodaje” y les ayudaba y aconsejaba sobre como hacer las cosas. Si el nuevo alumno daba muestras de interés y luego intentaba poner en práctica lo que se le mostraba, yo les seguía ayudando. En caso de tomarse el aprendizaje como un mero pasatiempo,  yo obraba en consecuencia y limitaba la relación personal al ámbito social, pero no me preocupaba en absoluto por su aprendizaje, exactamente lo mismo que hacía el propio interesado.

Liu nos hablaba en alguna ocasión de que él se daría por satisfecho si conseguía enseñar a un solo alumno. Desde luego supongo que se hubiera sentido mucho más satisfecho si lograse enseñar de un modo completo a varios. No obstante, durante bastante tiempo me intrigó esa frase, puesto que él enseñaba a todos con auténtica dedicación y gusto. ¿Por qué esa preocupación de enseñar al menos a uno?. Lamentablemente llegué a comprenderlo más tarde.

Cuando el maestro Liu prácticamente agonizaba (creo recordar que  lo que voy a contar sucedió menos de una semana antes de su fallecimiento), fuimos varios a visitarle a casa de su hija, donde pasó sus últimos días. Sentado en un sillón y casi sin fuerzas, me dio la última lección técnica que recibiría de él, sobre las fuerzas “Kai-He”, (Abrir y Cerrar).

Es evidente que en su estado, nada podía hacer pensar en obligación alguna por su parte para hacer el menor esfuerzo, mucho menos por enseñar a esas alturas. ¿Que precio tiene esa lección?. NADIE tiene bastante dinero como para pagarla, yo no lo tuve nunca ni lo tendré para pagarle a mi maestro y nadie lo tendrá para pagarme a mi por transmitirla. Sin embargo la recibí y forma parte de la inmensa deuda que contraje con mi maestro. Al ser depositario, de la parte que sea, del saber que él transmitió y que es evidente que nunca llegué a “pagar” en su justo precio, sólo me queda una forma de quedar en paz. Transmitir yo lo que aprendí y de ese modo devolver lo que recibí.

Esa consciencia de como “quedar en paz”, me reveló que al maestro Liu le pasaba algo similar. Cuando nos hablaba de su padre, siempre comentaba el increíble nivel que tenía y como él no era más que un pobre sucesor del mismo (de hecho, tenía incluso una “frase hecha” respecto a su propio nivel). Creo que él también se sentía en deuda con sus maestros y que enseñando, era del único modo que dicha cuenta podía saldarse.

El dinero, no tiene nada que ver en esta ecuación. La gente paga para aprender, pero la enseñanza que algunos han recibido, no pasa por un mero intercambio comercial. Pasa por la adquisición de un compromiso, no público, ni siquiera necesariamente declarado, de ser un eslabón más en la transmisión de conocimiento y pasarlo a la nueva generación.

Por eso, cuando esa amiga me comentó que gracias a mi atención hace un decenio, ella no abandonó, siento que mi deuda es ahora un poquito menor.

¿Y tu como aprendiste? II.

Recordando mis inicios, hay otra cosa de mi primer día que definitivamente me decidió a continuar.

Al ser presentado al maestro Liu como nuevo alumno y mientras el resto de compañeros iban llegando, el maestro que estaba comentando algo que no entendí por cuestiones de idioma, me pidió que le lanzará un puñetazo. Cuando me tradujeron, un poco cohibido (Liu contaba por esos días 75 años), le lancé un puño a la cara con poca intensidad, que él atrapó y mantuvo agarrado sin el menor problema. Con un “another one” me increpó para que le diera otro, así que lancé otro golpe con mi brazo libre, esta vez más rápido y fuerte. Nuevamente, lo atrapó con su otro brazo y tirando de ellos me acercó a su cuerpo. Y entonces, sin realizar el menor movimiento de cadera o pies, “sacó tripa” golpeándome con la misma y lanzándome a más de dos metros de distancia. En esta técnica, para el “golpe” no intervinieron ni sus brazos, ni sus piernas, ni cadera…, Simplemente “metió tripa” y luego la “sacó” bruscamente.

Esto tuvo varios efectos. El primero, aparte de ser lanzado por los aires, todo sea dicho, sin sufrir el menor daño, fue el evidente estupor que surgió en mi cara, mientras decía algo así como: “pe, pero…, ¡no es posible!, ¡pero si me ha golpeado sólo con el vientre!…“.

El segundo fueron las carcajadas de todos los presentes, tanto por la increíble técnica que habían presenciado, como por mi cara y comentarios.

El tercer efecto fue “convencerme” de que allí había cosas que merecía la pena aprender. Al respecto de la técnica que había experimentado, Liu me contó algún tiempo más tarde que se tratada del “Hama Kung” o “Kung fu del Sapo”, entrenamiento que permitía recibir golpes en el vientre “devolviendo” la fuerza del mismo al atacante, de forma que éste salía rebotado hacia atrás o si se hacía con peores intenciones, dislocando o incluso rompiendo la muñeca del agresor.

También nos contó que este “truco” lo usaba últimamente con mucha frecuencia. Se colocaba a uno de su nietos sobre el viente, mientras él estaba tumbado en una cama y los lanzaba por los aíres elevándolos más de medio metro, para entretener al crío que disfrutaba de lo lindo.

Al preguntarle como lo aprendió, nos contó otra de aquellas historias que tanto nos gustaba escuchar. Al parecer, conoció a un experto que le presentó el método. Liu no estaba seguro de que realmente se pudiera desarrollar una habilidad útil, así que el maestro le presentó  una alumna y le conminó a golpearla en el estómago. Liu, reacio a pegar a una mujer y preocupado, pues tenía una fuerza más que notable, se negó y el maestro le indicó que si era capaz de tumbar a la chica, “podía casarse con ella” (tengo la impresión de que era una forma “educada” de decir que se podía acostar con ella con el beneplácito del maestro y de hecho, es una frase que utilizó en alguna otra ocasión e historia).

Finalmente, Liu golpeó a la muchacha, que no solo no resultó afectada por el mismo, sino que le mandó volando por los aires. Nunca contó más sobre el tema, pero doy fé que aprendió el método…

Según pasaba el tiempo durante mi aprendizaje, poco a poco fui descubriendo que en el seno del grupo, había ciertas cosas que no eran para nada “públicas”. Una de ellas era que los alumnos más serios quedaban para entrenar entre semana (las clases con el Maestro Liu eran los Domingos por la mañana y los Miércoles al medio día). Este entrenamiento era algo absolutamente privado y al que sólo se podía acceder por invitación expresa de alguno de sus miembros y por supuesto, previo consenso de resto.

Yo intuía, más allá de los rumores que escuchaba,  que esto ocurría tal y como se contaba, pues al vivir cerca del lugar donde entrenaban (Parque de El Retiro), en alguna ocasión les vi practicar en horas y días diferentes a los de las clases , siendo en todas esas ocasiones recibido mi saludo y presencia de forma bastante “seca” y poco amistosa.

La cuestión es que pasados unos meses desde mi inicio (calculo que entre cuatro y cinco), me invitaron a entrenar con ellos cada Lunes y Viernes por las tardes. El entrenamiento era bastante largo, pues empezábamos según temporadas, entre las tres  y las cinco de la tarde prolongándose hasta las ocho y media. Así que cada día de entrenamiento suponía de tres a cinco horas, sin prisas pero con pocas pausas.

Mi primer día de entrenamiento “a puerta cerrada” yo estaba emocionado, pues preveía que por fin empezaría a entrenar Tuishou (empuje de manos) y Sanshou (forma por parejas), además del trabajo habitual, que ya conocía y realizaba de Ejercicios, Chikung y lo poco que sabía hasta ese momento de la forma. Por supuesto, la realidad fue otra, nuevamente inspirada en el cine marcial.

El entrenamiento comenzó con una serie de Chikung similar a la que realizábamos en las clases de Liu, luego Tai Chi Sao (ejercicios de acondicionamiento específicos para el TCC de nuestra escuela, con énfasis en la postura fija), repetición de las técnicas por parejas de la anterior clase (creando variantes que surgían de la propia práctica) y repetición de la forma larga tres veces. Luego llegaba el trabajo de Tuishou y Sanshou.

Me sumé “a todo”, de hecho en el entrenamiento de técnicas recibí un “kao” (golpe de hombro) que estuvo a un tris de lanzarme a un estanque cercano y una proyección que literalmente, me lanzó por los aires de un modo que yo pensaba que sencillamente no podía existir. Ésto generó las protestas del que llegaría a ser “mi hermano mayor” de por vida, que consideraba que había algo más que un cierto abuso en los golpes y trato que recibí ese día y que algunos me estaban usando para poner a prueba si realmente las técnicas les funcionaban. Por mi parte, aunque físicamente “tocado”, lo que me marcó fue ver en mis compañeros esa capacidad y “poder”.

Así, estaba  dispuesto a todo por aprender, pero para mi pesar al llegar el momento de practicar Tuishou y Sanshou, eramos impares y además yo no conocía la serie ni los patrones de tuishou…, así que me dice uno de mis compañeros: “…mientras nosotros entrenamos Sanshou, tú practica el “C” de “cepillar rodilla“…”. Éste es un trabajo de base repitiendo un movimiento de la forma, en postura fija con los pies juntos (A), , luego lo mismo, pero en postura del jinete (B) y por último en movimiento con pasos (C).

Yo, ingenuo, pregunté que cuantas repeticiones. El compañero me dijo que lo hiciera “100 veces”. Lo cierto es que en clase con Liu, nunca repetíamos más allá de 36 veces este ejercicio, entre otras cosas por lo duro que era  y porque lleva un buen rato realizar esas “100 repeticiones”. Cuando el compañero me dijo ese número, yo pensé : “…lo mismo podrías haberme dicho que lo haga 1000 veces…”. Pero en fin, me puse a ello y conté. Para mi sorpresa pasaba el tiempo y llegué a los 100. Pensando que ya era más que suficiente, me volví a acercar y comenté que ya había hecho mis 100 repeticiones…

La respuesta está calcada de una escena de la película  “Karate Kid”. Mi “hermano mayor” me increpa: “¿…ya has hecho 100 repeticiones?, pero… ¿100 con cada mano?“.

Una vez más hice acopio de determinación y sólo añadí: “no, con cada mano aun no“. Así que me toco seguir solo con ese duro trabajo, que no conseguí terminar, simplemente porque se nos hizo tarde y nos marchamos todos a casa.

A pesar de la frustración “parcial” de ese día por su final, hubo dos puntos altamente gratificantes, el primero ser “objeto protagonista” de la aplicación de ciertas técnicas con potencia y efectos que yo pensaba que no existían más que en el cine y en segundo, que uno de mis “hermanos mayores” me propuso quedar los días que no entrenaba con el resto, los martes y jueves, para practicar los dos solos. Gracias a eso, aprendí la forma en “sólo” tres meses más, así como Sanshou. Además, los dos nos hicimos adictos a la práctica del tuishou, que no era el “plato fuerte” del entrenamiento por aquel entonces.

Sobre la forma, ya “contagiado” por el espíritu de las pasadas experiencias, tomé la decisión de no aprender la segunda y tercera parte de la forma larga (108 secuencias), hasta no haber repetido 1000 veces la primera parte. Así que cada día, mientra el resto practicaba sus tres formas seguidas, yo repetía 10 veces la primera parte. En poco más de tres meses, había conseguido mi propósito de las 1000 repeticiones y el pocos días más, completé el aprendizaje completo de la forma, que compaginaba con el aprendizaje del “Sanshou corto” que mis compañeros ya conocían y me estaban enseñando y con la del “Sanshou largo” que en ese momento Liu enseñaba a todos los alumnos. Desde luego, en ese tiempo, me despertaba pensando en el TCC y me acostaba con el TCC como último pensamiento.

Este régimen de entrenamiento empezó a dar sus frutos. En primer lugar, decidí entrenar cada día, de tal forma que me terminé levantando cada día una hora o algo más antes de lo necesario, para poder entrenar por las mañanas.

Gracias a ello, consolidé poco a poco ciertos logros, que por supuesto, nunca eran los que me habían interesado inicialmente y que se resistían a mis esfuerzos por dominarlos.

Noté que me ponía “mas fuerte” y con mucha vitalidad. Me sentía pletórico de fuerza y energía, tanto que la sensación de euforia era tal que me sentía con deseos de doblar vigas con los brazos y espalda o hacer otras cosas imposibles. También tenía la inexplicable sensación de que mis tendones se habían fortalecido en extremo.

Antes de empezar a entrenar, yo tenía dos “debilidades”. La primera era mi tobillo derecho, muy débil a causa de un esguince mal curado (por eso de no hacer caso sobre los reposos en la recuperación de lesiones)  y la segunda, el frío crónico de pies y manos en invierno.

Mi tobillo, que se torcía al menor traspiés, algo que era habitual que sucediera al menos una vez a la semana, dejó de molestarme “para siempre”, pienso que gracias a un duro ejercicio de postura fija, realizado en pie con los talones levantados (ligeramente de puntillas) que practicábamos a diario.

Respecto al frío, inicié mi aprendizaje a primeros del mes de Febrero, por lo que debido al frío reinante tenía los pies y manos siempre helados a pesar de los dos pares de calcetines que portaba y a los guantes que llevaba siempre puestos. Según avanzaba el tiempo, el clima mejoró con la primavera, con lo que de forma lógica el frío fue decayendo y con él, mis manos y pies helados retomaron el calor.

Al año siguiente, en invierno, un día en casa, me “enfadé” por el poco espacio para ropa que tenía en mi cajón y al hacer limpieza, saqué un montón de calcetines gruesos, pensando “¿pero para que demonios está esto aquí guardado y ocupando sitio?“. Sólo entonces me di cuenta que antes yo no podía salir de casa si no era con dos pares de calcetines gruesos, pero que ese invierno, no los había usado ni una sola vez. Y me di cuenta que mis manos, incuso en lo peor del invierno, estaban siempre calientes, todo lo más, con llevarlas metidas en los bolsillos del abrigo. Efectos que perduran incluso ahora, más de veinte años después, siendo la “calefacción de manos frías” para mi mujer y mi hija.

Como ya he comentado, acercarse al maestro Liu era complicado. En primer lugar estaba el hándicap del idioma. Liu no hablaba más que chino y un infame “chinglés” o “chininglish” con algunas palabras sueltas intercaladas en español (o eso pensaría él) bastante incompresible y además los compañeros que lo entendían, no eran muy dados a traducir más allá de lo que consideraban (de un modo bastante discutible) como “imprescindible”. Así que lo primero fue ponerme al día con mis estudios de inglés y adaptarlos al dialecto de Liu.

Luego estaban los compañeros “avanzados” que no permitían o al menos no facilitaban en absoluto el acercamiento.

Y para finalizar, estaban mis circunstancias personales. Por alguna razón, tal vez por mi afición incondicional y entusiasta por las aplicaciones marciales o por detalles de mi carácter, Liu estaba preocupado por que me metiera en peleas. Así que TODOS LOS DÍAS la vernos, lo primero que hacía era preguntarme “¿no te habrás peleado?“. Yo siempre le contestaba que no y el replicaba que “mejor así”. Del mismo modo, CADA DÍA al despedirnos, terminaba con a frase “que no me entere yo que te peleas“. Esta situación se prolongó durante todo un año, con una expulsión (que yo sepa, la única en la historia de nuestro grupo) hacia mi como alumno por parte de Liu, motivada por un malentendido con origen en el idioma, referente al uso “real” de la técnicas. Aunque esa historia la contaré en otra ocasión.

Gracias a mi deseo incondicional de aprender y al tiempo que le dedicaba, en un año, ya estaba consolidado como uno de los alumnos cercanos al maestro Liu y descubrí igualmente, que había cosas que el resto del grupo ignoraba. Por ejemplo, los Miércoles, tras el entrenamiento, el grupo al completo, terminábamos en una hamburguesería cercana donde compartíamos un buen rato con Liu. Durante ese tiempo, podía darnos información teórica sobre lo enseñado ese día, o contarnos historias sobre el TCC, o simplemente charlar “de cualquier cosa”. Pero después, un pequeño grupo le acompañaba hasta su casa…, o eso pensaba yo. La realidad es que al llegar a la altura de su domicilio, ese segundo y ya mucho más reducido grupo, formado sólo por alumnos muy cercanos, recibía una “segunda clase teórica” en un bar cercano, esta vez mucho más explícita y concisa y que podía prolongarse por más de dos horas.

También descubrí que los días de lluvia que en teoría no había clase (entrenábamos al aire libre), en realidad los alumnos que ya he mencionado, le visitaban y recibían más conocimientos en un círculo restringido donde la información fluía de forma continua.

He de decir que no era Liu quien determinaba que personas podían o no asistir a esas “teóricas”. Lo que si sucedía es que la presencia de alguien no “deseada”, se traducía en charla insulsa por parte de Liu, para desesperación de sus alumnos, siempre “hambrientos” de más conocimientos.

Algo que me sorprendía es que Liu decía en privado que muchas de las cosas que enseñaba, eran sólo para un grupo muy reducido de alumnos y que en China se enseñaba con grandes restricciones. De hecho nos comentaba que en el futuro, estas cosas no las debíamos enseñar nunca abiertamente, sino de un modo muy selectivo.

Yo extrañado, porque él enseñaba “todo” delante de todo el mundo, le hice comentarios al respecto. Sonriendo me dijo algo así como “no tiene importancia, sólo los que deban aprenderán“.

La razón de este comentario la entendí años después. Liu enseñaba, muy al contrario de lo que suele suceder con maestros chinos, a un ritmo desenfrenado. De hecho lo hacía al ritmo del más avispado y capaz. El resto, simplemente tenía que “ponerse las pilas” para estar al día. La única razón para parar de enseñar cada día era que todos se lo pidiéramos por “saturación absoluta”.  También es cierto que ese “chorro” de información, estaba restringido a los conocimientos y nivel que él quería transmitir en cada momento y que raramente se le escapaba información relevante sobre temas para los que no nos consideraba preparados. Aunque él tenía muy claro su plan de estudios, nosotros lo ignorábamos por completo y tan solo años después, analizando en perspectiva lo aprendido y como lo enseñó, entendí lo complejo de su metodología y sus “líneas maestras”.

Así las cosas, la mayoría aprendía y olvidaba en el día y tan sólo los que se dedicaban a entrenar de forma seria podían mantener el ritmo. Lo que sumado a que siempre omitía detalles teóricos sobre cada ejercicio que enseñaba y que sólo revelaba ante las preguntas “correctas” de los estudiantes o en las “teóricas secretas”, determinaba que de forma práctica, lo que enseñaba fuera a la postre “solo para unos cuantos”.

Otra anécdota que me reveló como eran las cosas, fue cuando en una ocasión, ya incluido en el grupo de alumnos serios, Liu me tomó para demostrar una técnica, en principio muy simple. Así, delante de todos, mientras agarraba mi brazo para efectuar una técnica de control muy básica, me presionó en un punto de presión del codo, mientras mirándome a los ojos me preguntaba “¿lo has entendido?“. ¡Me acababa de enseñar una “técnica secreta” ante todo el mundo!. De hecho y ante la simplicidad de la técnica “pantalla” utilizada, uno de esos alumnos que no destacaban por su compromiso ni seriedad hizo un comentario sobre “este hombre ya un tanto senil, que no se da cuenta que Antonio, eso ya lo domina“…

Claro que mayor fue mi sorpresa cuando mis “hermanos mayores” se me cercaron discretamente y me preguntaron “que que me había dicho/enseñado“. A lo que les comenté, aparte de que eran unos malnacidos, por no haberme hecho antes partícipe de esa clase de enseñanzas, que por lo visto (y a partir de ese día pude corroborarlo) eran habituales, que me había mostrado un punto de presión. También entendí, que puesto que cada vez elegía a uno distinto de entre sus alumnos para explicar ciertas cosas, el único modo de progresar era compartiendo todo lo que aprendía con mis compañeros y confiar en que ellos hicieran lo mismo, pues era la única manera posible de acceder a “todo” lo que Liu enseñaba,

Ese era el modo de enseñar de Liu. Todo a la vista, pero dentro de cada lección, se escondía una enseñanza paralela que aportaba una profundidad insospechada a cada elemento mostrado. Y este es el modo y circunstancias en que yo aprendí.

Con esta entada, doy por terminada la explicación sobre como enseñaba el maestro Liu, aunque seguiré con el “cómo y qué aprendí yo“. Quedan muchas historias y anécdotas por contar y según vaya escribiendo iré contando algunas. Otras quedarán donde deben, en el recuerdo que tengo de mi maestro durante el tiempo que pasamos juntos y en todo caso, en la intimidad que da estar sentado a una mesa con camaradas, hermanos de escuela y mis propios alumnos.

¿Y tú como aprendiste? I.

     Voy a empezar a contar como me inicié en el TCC y como aprendíamos con el Maestro Liu. Espero que ésto pueda ayudar a la hora de abordar el estudio del TCC para cualquier persona que se inicie. Y que además, mi historia resulte entretenida.

       En mi caso, encontré el TCC por casualidad ya que al terminar de correr los domingos por la mañana, solía ver a los que luego serían mis compañeros entrenando.

       Un día les vi practicar Tuishou (empuje de manos), algo sobre lo que ya había leído algunas artículos, pero siempre muy vagos, generalistas y mitificadores. Con esa “nebulosa” información de partida, acerca del “desarrollo de la sensibilidad, que conduce al practicante a las más altas cotas en el dominio del flujo de energía en un combate”, me quedé mirando por largo rato y de hecho, luego intenté copiar en casa con mi hermano lo que había visto y que desde luego  era una malísima copia de lo que realmente buscaba el ejercicio en cuestión.

     La cosa es que durante un tiempo, al terminar de correr, indefectiblemente me quedaba como una hora o más, mirando al grupo del maestro Liu.

     Finalmente, un día vi a dos alumnos entrenando San Shou (forma por parejas, altamente vistosa y que nuestro grupo realizaba a considerable velocidad) y me decidí a preguntar que que hacían y si uno se día apuntar.

      Me dijeron que era Tai Chi Chuan, “arte” sobre el que yo había leído algo y sobre el que tenía ya instalados-asumidos ciertos estereotipos. La primera “contradicción” que me encontré fue la corrección del maestro Liu a mi pregunta sobre si el TCC era un estilo para la salud y la gente mayor, a lo que respondió que no, que eso era “kung fu, fighting, very hard” (Kung fu, pelea, muy duro). Gracias a esa respuesta, contraria a lo que yo buscaba (una clase de gimnasia para mi madre), a la semana siguiente empecé a entrenar yo.

      Mis muy duros comienzos…

      La estructura de la case con el maestro Liu, era siempre la misma, primero “saludos”, luego una larga sesión de chikung en grupo, seguida por la práctica de dos técnicas distintas por parejas y para finalizar, forma en grupo. Ahora profundaré en como era todo esto y mi primera impresión.

       ¿Saludos?.

       La primera característica de Maestro Liu era la risa. Cada domingo un grupo de alumnos le recogía de su casa y le traía en coche hasta el parque de El Retiro. Y mientras esperábamos a que llegasen, normalmente escuchábamos sus carcajadas al acercarse con sus alumnos, antes de verle.

      Y luego el gran “choque”, cada alumno se acercaba a él y le daba dos besos en la mejilla ¿?. Lo peor es que me presentan como un nuevo alumno y él me planta los dos besos. Ni que decir tiene que viendo algunos de los alumnos, claramente afectados por el New Age y lo de los besos, uno pensaba de entrada en SECTAS. Pero claro, había otro grupo de alumnos, claramente adeptos al trabajo marcial, que no parecía encajar en esa categoría de ingrávidos candidatos a “carne de secta”.

       Lo cierto es que el tema de saludar con dos besos viene de un error por parte del maestro Liu y de su enfoque “tradicional” de la enseñanza. Él consideraba que todos sus alumnos eramos “familia”, él en su papel de maestro-padre y nosotros en el de alumnos-hijos. Tanto así que a menudo insistía en que deberíamos tratarnos entre nosotros como si fuéramos “hermanos”. Es habitual hablar o leer sobre dos personas que son “hermanos de escuela”. Para el Maestro Liu, eran más que palabras.

        A su llegada a España, fue recibido en el aeropuerto por su hija, yerno, sus dos nietos de corta edad y otras personas que supongo pertenecían a la familia de su yerno. Al llegar, su hija le dio dos besos, luego sus nietos,  alguna mujer de la familia del yerno y también este último. Así que el Maestro Liu se quedó con la idea de que en España se saluda a todo el mundo con dos besos y “traslado” esto al trato con sus alumnos.

      En varias ocasiones le hicimos ver que ésto de dar dos besos era sólo entre hombre mujer o entre mujeres, pero nunca entre dos varones. Pero el replicó que su yerno, sus nietos y otros miembros de la familia le saludaban con dos besos y no sólo las mujeres.

      Al replicarle que eso era sólo “aceptable” entre miembros de la familia, contestó muy ufano que “nosotros somos familia por el TCC”. Y de ahí no hubo quien le moviera.

        Una vez superada la fase de los “saludos”, todos nos poníamos en corro y realizábamos una sesión de Chikung y entrenamiento básico. El Maestro Liu no hablaba español, sino un rudimentario inglés que aprendió durante la II Guerra mundial, en su contacto con pilotos americanos. Por ello todo lo que decía o lo entendías o dependías de que algún alumno avanzado quisiera traducirte.

      Una particularidad en esta sesión es que los puestos más cercanos al Maestro Liu, estaban oficiosamente “reservados” a los alumnos más avanzados y cercanos. Por mi parte, me coloqué desde el principio en el punto más alejado que casualmente en un círculo, es justo enfrente, por lo que podía ver mejor que nadie lo que él hacía.

    En esa sesión, había una serie de ejercicios de respiración y movimientos de estiramiento, fijos en la rutina y luego otros que podían variar según Liu considerara oportuno. Por mi parte los traté como una peculiar sesión de calentamiento y acondicionamiento físico, sin entrar mucho en que demonios hacía.

      Esa sesión fue mi primer encuentro con el trabajo de posturas fijas (postura del jinete o Ma Bu), resultándome extraordinariamente duro, a pesar de que es seguro que no sobrepasamos en total los 15-20 minutos.

      Tras ésto, el maestro explicó dos aplicaciones a trabajar por parejas. La primera (si recuerdo perfectamente lo que aprendí el primer día), era una aplicación de “Tambien” (látigo simple), en la que ante ataque de puño, atrapabas el puño del agresor, y simultáneamente con la otra mano agarrabas su tráquea y le barrías la pierna adelantada con la tuya..

        La segunda, ante el mismo ataque, enlazaba un “Lü (girar hacia atrás), o lo que es lo mismo, agarrar el brazo atacante y tirar de él (bastante más complejo y sutil, pero en esencia eso), que se enlazaba con una llave de hombro. De esta segunda técnica, yo conocía ambas partes por experiencia previa así que centré en el encadenamiento de ambas.

        Tras su explicación dijo dos veces una extraña palabra que con el tiempo entendí que era “partner” (compañero). De repente, estampida. Un gran grupo, se pone a charlar quedándose en el puñetero medio y el resto empareja a toda velocidad. Yo me quedo “solo” porque todo el mundo me evita. Al final veo a otro que le pasa lo mismo y nos juntamos. Lo cierto es que en el grupo, a los nuevos no se les mimaba precisamente y nadie quería estar con un nuevo o con un compañero que no diera la talla, lo que explica que yo no encontrara a otro alumno “libre”, salvo otro en mi misma situación…

      Como es mi primer día y no sé que niveles de contacto o el modo de trabajar tenían en el grupo, decido que yo ataco primero y que el otro me realice la técnica. Me agarra el brazo, la garganta y ¡venga! patadón al gemelo.

Yo pensé “¡ah!, trabajan con contacto, pues vale…”. Cuando me toca, patadón (con cierto cuidado , eso si) al compañero, que se queja y me dice que el TCC es suave y que no nos pegamos, que además está lesionado… Yo iluso pienso, “pobre chaval, se le escapa una y mira lo que le hago”. Así que le tiro una “marcando”. En su siguiente repetición, me vuelve a arrear otro patadón. Yo le vuelvo a marcar. La tercera me repite el patadón así que me mosqueo pero no digo nada. De repente me suelta que me va a hacer una técnica que le ha enseñado su “maestro” de Grulla Blanca. Yo flipo y le digo que en la clase de un profesor, yo hago lo que me dice ese profesor y no lo que le enseñe otro a un compañero.

       Cambiamos a la segunda técnica, que no le sale pues ni se ha enterado, ni parece que el cerebro le de para tanto…. Así que ya mosqueado con un tipo que pega pero no quiere que le peguen y encima no sabe hacer las cosas, le encadené la técnica con una cierta intensidad, de forma que resulta proyectado, lo que llama la atención de algunas personas.

       En ese momento el Maestro Liu da por terminada la sesión de técnicas y pasamos a realizar la forma. Por mi parte, me queda claro por lo que he visto, que en el grupo hay gente muy hábil y que el hombre con el que he entrenado no lo es. En lo sucesivo, yo también lo evito como a la peste.

     Ahora todos a hacer a forma en grupo. No se lo que hago, y ando más perdido que un burro en un garaje. Al terminar todos aplauden ¿? (por suerte ésto desapareció con el tiempo, siempre me pareció algo grotesco y absurdo)  y el maestro Liu, junto con todos los “incordiantes” que durante el tiempo de entrenamiento de técnicas se dedicaron a hablar y estar por el medio, se van a una terraza situada a pocos metros.

       ¿Me habré colado en una peli de Jacky Chan sin saberlo?

       Mientras el resto se va a tomar unas cañas, el grupo de alumnos serios que ya voy reconociendo con claridad, se queda a trabajar tuishou (empuje de manos), Ta Lü. Sanshou (forma por parejas)…

       Me acerco a dos que hacen tuishou y les indico que es mi primer día, que que puedo hacer…

       Con cara de “¿a que viene éste a incordiar?” me dicen que practique “ponluichian”. Yo les comento que no tengo ni idea de que es eso. entonces, con evidente desgana, uno de ellos realiza un par de veces la secuencia “Lan Qe Wei” (acariciar la cola del pájaro) y me dice que lo entrene, dejándome con la palabra en la boca, mientras él vuelve a su trabajo.

        Yo me digo, “pues vale” y como buenamente puedo, repito la secuencia durante unos 10 minutos. Tras eso y viendo que nadie se preocupa por mi, me despido y me voy hasta el siguiente día.

       Al siguiente día de entrenamiento, ya más “precavido”, sigo el entrenamiento de chikung, para el trabajo de parejas intento encontrar a alguien “normal” y durante la forma, me sigo perdiendo como el día anterior.

        Al llegar al tiempo de “entrenamiento libre”, me acerco de nuevo a los del otro día y es pregunto que que puedo hacer. Me repiten con el mismo desinterés que “ponluichian”. Yo que aun no me he quedado con ningún nombre, les indico que no sé lo que es eso. Me lo muestran y les digo “¡Ah si, lo del otro día!” y lo repito ante ellos. por supuesto, todo son fallos y me los corrigen con bastante meticulosidad. Pienso: “Bueno, al menos me enseñan algo, aunque sean tan puntillosos”. Después de entrenar un rato sin que me miren, me despido otra vez y me voy a casa.

       Durante la semana y viendo el percal, empiezo a ser consciente de que si no haces bien lo que te han enseñando, no te van a mostrar otra cosa nueva, así que entreno todos los días un rato la secuencia que me han “adjudicado”, para que entonces, al hacerla “bien”, me enseñasen algo nuevo. De hecho recuerdo que el primer día que les pregunté qué era lo que practicaban, alguien me comentó sobre como progresar, que o entrenabas por tu cuenta todos los días, o no tenías nada que hacer. Yo pensé que estaban locos, ¡como si no tuviera yo otra cosa que hacer cada día que entrenar por mi cuenta!.  Por lo visto, resulta que esa clase de “locura” era contagiosa…

     Pero mi idea de que si entrenaba en casa y “ya me sabía” lo del día anterior, me enseñarían algo nuevo, no funcionó. Al pedirles el siguiente día que me indicasen que hacer y volver a mencionar ellos el dichoso “ponluichian”, les replico todo ufano: “Si, lo he estado entrenado en casa”, mientras se lo muestro. Los dos hacen un gesto de aprobación y me dicen, ¡muy bien!, pues nada, tú sigue…

     Dejando de lado mis impulsos de mentarles a la madre, me quedo en un rincón repitiendo lo que ya sabía… Y al día siguiente me ahorré el preguntar, directamente a practicar mi “ponluichian” del demonio, esperando que alguien se fijase en mi.

      Esto duró ¡TRES MESES!. Un día uno de los alumnos “serios” se acercó mientras yo seguía con mi serie y muy atentamente me preguntó:  “¿tú sabes ya como se hace Tsailiechoukao”?. Yo horrorizado por dentro pensando “¡nooooo, otros tres meses con otra maldita serie de cuatro movimientos!”, le repliqué que no, pero que me encantaría aprenderlo.

        Por supuesto desde ese día en casa entrenaba las dos series y al siguiente entrenamiento,  me disponía a ir directamente a mi rincón para seguir entrenando en mi triste abandono, pero no fue así. El mismo compañero del día anterior al principio y luego alguno más, se acercaron y a partir de ese día, en cada ocasión, me mostraban algo nuevo o entrenaban tuishou conmigo. Pero tuve mis tres meses de prueba “estilo peli de chinos”.

       Con el tiempo, me hicieron partícipe de las razones para tratar con tan poco “mimo”  a los alumnos nuevos y de porqué llegado cierto momento, decidieron que a mi merecía la pena hacerme caso.

      Esta actitud “hostil”  y de desconfianza hacia los nuevos estaba provocado y mantenido por los alumnos más cercanos que por un lado cerraban el acceso a indeseables que buscaban aprovecharse del Maestro Liu (algo que ya había sucedido poco antes de mi llegada) pero por otro, mantenían un egoísta monopolio sobre la enseñanza más valiosa del maestro.  Actitud ésta que al Maestro Liu no le hacía mucha gracia, pero que llevo un tiempo considerable reconducir a términos razonables.

(Continuará).

El Chikung (qigong). ¿Efectos, riesgos?.

       Tras una llamada de emergencia de un alumno que ha tenido una desagradable (aunque no grave) experiencia a consecuencia de una práctica de Chikung sin hacer caso a las normas que el mismo conlleva, he decidido hablar un poco del tema.

      ¿Que es el Chikung?. Bien literalmente la traducción es “trabajo del Chi”. Y en la práctica es una denominación extremadamente amplia en la que se recogen entrenamientos de lo mas diverso, desde meras gimnasias suaves, a ejercicios dinámicos de alta dificultad. Desde inocuos trabajos de movimiento corporal acompañados con un ritmo y modalidad respiratoria “natural” a complejos ejercicios en los que movimientos y respiración, se acoplan en intensas y extenuantes series. Desde ejercicios de simple factura y ejecución o trabajos que implican una atención extrema y que “juegan” con procesos que por lo general quedan fuera del ámbito de lo voluntario, como puede ser el control o mejor dicho el “modulado” del metabolismo.

 

                                                       ¿Es efectivo el Chikung?.

        Claro que lo es. pero hay que ser racionales. Más allá de que este tipo de trabajos puedan afectar de modos “incomprensibles”, hay que pensar que todo irá en consonancia con la constancia e intensidad de nuestro trabajo.

        Existen trabajos de Chikung “duro”, que implican un considerable esfuerzo muscular, conjugado con una presión abdominal con o sin retención de aire, o de una respiración extremadamente lenta, o de una máxima inspiración con tensión y relajación muscular perfectamente localizadas. Este tipo de ejercicios son muy “efectivos”, entendiendo por “efectivo” que aportan resultados de forma bastante evidente y rápida. Lo malo es que dichos resultados pueden no ser los esperados si cometemos errores ya sea de técnica o si los realizamos con una intensidad superior a la que permite nuestra condición física y entrenamiento previo.

      Del mismo modo que cualquiera puede levantar su propio peso en “Press de banca” (un ejercicio habitual entre quienes trabajan con pesas), nosotros podemos llevar a cabo “hazañas” equivalentes en el ámbito del Chikung. Pero lo que NO HACEN los que entrenan con pesas, es trabajar de entrada con más peso de que realmente pueden manejar. Y en los inicios ese “peso” puede parecer incluso ridículo.

      Los que piensan “que ellos si que pueden” quemar etapas sin entender que hay que “poder”, pero con seguridad y corrección y actúan por lo tanto “alocadamente”, son esos que enseguida se estancan y que además, lo hacen disfrutando de “placenteras” lesiones que les devuelven de nuevo e  inexorablemente a la cruda realidad.

      Con el Chikung, pasa exactamente lo mismo. Los ejercicios básicos o de “nivel principiante”, son los que por un lado te ponen en el tono adecuado para  poder soportar los que te esperan después, sin lesiones ni sustos y por otro, te familiarizan con lo que viene a continuación en tu entrenamiento.

        Hay que señalar que el Chikung trabaja sobre ciertas áreas y funciones que no son fácilmente cuantificables desde fuera y que visualmente no son ni llamativas ni seguramente apreciables.  Por  ello es que un ejercicio “básico”, puede ser realizado a diferentes niveles, según se hallen implicados o no determinados elementos  y según la intensidad con la que se trabajen los mismos, sin por ello diferenciarse ni visual ni “técnicamente” del mismo ejercicio realizado a un nivel más modesto.

      Igualmente, como pasa con todo en la vida, cada ejercicio de Chikung tiene sus indicaciones y contra indicaciones, efectos secundarios, posología y “normas de uso”. Pondré un ejemplo con medicamentos.

      Las aspirinas, son un medicamento relativamente inocuo. Han de tomarse acompañadas de alimento, para evitar su negativo efecto sobre el estómago y han de ser consumidas con precaución o incluso evitadas en caso de ciertas enfermedades o en interacción con otros medicamentos. Pero una persona con una salud “normal” puede tomarse tres aspirinas de golpe sin acompañarlo de ningún alimento y no por ello sufrir un grave accidente que implique hospitalización.

       Imaginemos ahora que en vez de aspirinas, nos encontramos ante barbitúricos, somníferos, antidepresivos, anti psicóticos… Aquí el mero consumo sin receta o con mayor gravedad el consumo sin atender a las normas de uso, pueden ser fatales ya a la primera ocasión.

      Volviendo al ejemplo de las aspirinas, un error puntual carece de importancia pero un consumo incorrecto prolongado en el tiempo, podría llegar a ser fatal incluso con sustancias en principio relativamente inocuas.

       Bien, el entrenamiento de Chikung comienza con el equivalente a una aspirina infantil. Y eso y no más es lo que la mayoría va a recibir, aprender y entrenar en su vida respecto a sus prácticas de Chikung. No tanto porque su práctica sea errónea, sino porque está repleta de carencias, ausencias y falta de intensidad, constancia y duración. Y es que la mayoría ni tiene acceso a expertos con un conocimiento genuino, ni está dispuesto a someterse a la disciplina que estas prácticas implican, ni tiene capacidad para soportarlas ni la necesaria “fe” inicial para comprometerse a fondo con algo que para muchos “adeptos” no pasa de ser más que una agradable práctica ocasional en un marco social de “terapias de grupo” o simplemente de ocio.

       Si nuestro entrenamiento es serio, completo y progresivo, los resultados y la propia característica de intensidad del  mismo, hacen que pasemos de una “aspirina infantil”  al equivalente en intensidad a una inyección de morfina. Lo que pasa es que para lograr con ejercicios básicos ese nivel, hay que entrenar mucho y muy duramente. En equivalencia, habría  que tomarse tal cantidad de aspirinas infantiles para lograr los efectos anestésicos de la morfina que en la práctica sería inviable.

       Por eso hay ejercicios que parten de la premisa de que uno ya puede “soportar la dosis y el efecto” de un “tazón de aspirinas” para poder iniciarse en la práctica de ejercicios de mayor nivel, dificultad y también de RIESGOS si uno hace tonterías o comete errores.

      Insisto en que el riesgo está en hacer las cosas mal (y en ese caso, el fallo se detecta en los inicios y el efecto es anecdótico), o mucho peor, en hacer “tonterías”, en cuyo caso el riesgo es evidente y ya potencialmente mucho más grave, aunque por suerte es algo poco frecuente ya que se precisa de un “tonto entrenado con mucha seriedad”, algo que en niveles de principiante-enteradillo, no es muy habitual y en niveles más avanzados resulta una conjunción altamente improbable.

      En definitiva, en nuestro ejemplo pasaríamos de las aspirinas a anestésicos más fuertes y habría que ir con ciertas precauciones.

      Por supuesto, cuanto mas nivel tiene un determinado ejercicio, menos margen para el error tenemos y ahí si que las cosas son muy serias.

       Como anécdota, cuando yo me inicié con el maestro Liu, nos hablaba en alguna ocasión de otro practicante chino, según él de muy alto nivel (superior al suyo propio), que no obstante sufrió un grave accidente entrenando Chikung, siendo afectado por una hemiplejia. Esta persona viajó a Taiwan, donde “los suyos” le curaron advirtiéndole que todo era fruto de compaginar ese entrenamiento de tanto nivel, con el estrés que le suponía su labor empresarial y los disgustos asociados a la misma.

      Llegado  España, siguió tanto con su práctica como con su negocio y unos meses después, sufrió una embolia cerebral y murió.

      Por supuesto, podemos o no creer que hay alguna relación entre ambos fenómenos, o simplemente pensar que estaba enfermo y se murió como nos pasará antes o después a todos…, pero aunque no sea más que “por si acaso”, conviene tener en cuenta las recomendaciones de quienes idearon estos ejercicios, que algo sabrían.

      Por mi parte, yo sufrí un “accidente” de baja gravedad a causa de practicar un ejercicio de forma “correcta” pero con una intensidad muy superior a la que debía. El ejercicio en cuestión implica mantener seis posturas de forma consecutiva, en apnea continua durante todas ellas, con ritmos de unos 21 segundos en cada una de ellas, acompañada con tensión muscular máxima. Esto resulta en apneas mantenidas ininterrumpidamente de más de dos minutos con tensión muscular muy intensa. Como esas eran las instrucciones, lo intenté en casa por una semana, sin lograr alcanzar estos tiempos evidentemente, pero “luchando” por conseguir esas marcas con tesón.

        Fruto de la tensión física y de la “angustia respiratoria”, la respiración que debía de ser abdominal acompañada de una intensa “presión abdominal”, fruto de la misma, se trasformó en pectoral, con “cierre” en la garganta  para evitar que se escape el aire, en vez de controlar el con el diafragma, que es lo correcto. Esto conlleva generar una fuerte presión en la zona alta del pecho y en el cuello. Como efecto secundario, a la semana de práctica empecé a sufrir unas altamente dolorosas y muy preocupantes punzadas en el corazón, que llegaban ya fuera en reposo ya en actividad.

      Enseguida consulté a mi maestro que un tanto horrorizado me dijo que esas marcas que me había dicho, eran el objetivo, una meta  a logar en un plazo de cinco o diez años (o veinte o nunca) y sobre todo FRUTO DE UNA PRÁCTICA REGULAR Y GRADUAL. Desde luego no para mi, que en base a mi nivel. debía de retener el aire entre cinco y diez segundos en cada postura y tomando y soltando aire en cada una de ellas. O sea, seis apneas de diez segundos frente a una apnea mantenida y global de más de dos minutos….

Abandoné el ejercicio por una temporada y los efectos desaparecieron de inmediato. Y cuando lo retomé, lo hice ya con un criterio más lógico, alcanzando un nivel “aceptable” en poco más de un año.

       En esta anécdota, no hay lugar a dudas, pues fue confirmada por repetición. Mi maestro hablaba en una jerga basada en el inglés que solo él y sus alumnos podíamos entender y fue a razón de mi “error”. Pero al año de la historia que cuento, mi hermano pequeño se había incorporado a los entrenamientos y sufrió exactamente los mismos problemas, a causa de una muy mal entendida prisa por obtener resultados. Y los obtuvo, por supuesto, pero no los que buscaba, sino que conoció a mis viejas amigas, las punzadas cardíacas.

       Gracias a los maestros Mantak Chia y Yang Jwing Ming entre otros, hay dos categorías de ejercicios, las basadas en la circulación del “chi” por ciertos canales y el de potenciación y reutilización de la energía sexual, que se han hecho accesibles al gran público a través de sus libros. Y eso es bueno, pues se trata de información que por diversas razones siempre a permanecido oculta o al menos de complicado acceso.

Lo “malo” es que se trata de métodos, que para evitar problemas necesitan constancia, seriedad y sobre todo realizarse de forma gradual y sensata, siempre sobre la base de trabajos previos bien consolidados, éstos si mucho más divulgados y accesibles al público y de hecho de fácil aprendizaje, aunque no tan “fascinantes”.

      Y aunque este punto es remarcado siempre por los expertos, es el que sistemáticamente ignoran los que se acercan a estos trabajo de nivel avanzado, sin la preparación previa necesaria, sin guía y sobre todo sin la cordura necesaria para entender que no es lo mismo hacer gimnasia en el parque respirando suavemente, poniendo caras bucólicas y acompañados de de mucha “tontería energética” sólo imaginada y nunca sentida, que hacer cosas más serias, del mismo modo que no es lo mismo tocar los bornes de una batería doméstica de 5 voltios, que meter los dedos en un enchufe a 220V…

        Para que no quede todo en contar cosas que no valgan para nada, voy a citar algunas “reglas”, que han de respetarse para que la práctica de Chikung sea no sólo efectiva, sino también “segura”.

1. No practiques en situaciones de máxima agitación emocional.

2. Tras practicar evita mojarte o beber, especialmente evita hacerlo con sustancias frías.

3. No entrenes bajo la lluvia, o con mucho viento. Evidentemente esto es más importante si entrenamos al aire libre que en una sala, pero a altos niveles, se hace extensivo a cualquier circunstancia. Y añado una de mi cosecha personal, no entrenes entre la niebla.

4. Descansa. Duerme correctamente, lo que implica acostarse en cuanto tienes sueño y despertarse cuando no. La práctica de Chikung reduce las horas de sueño necesarias para recuperarse del cansancio del día, lo que es bueno, pero no debe utilizarse de forma habitual, para ir más allá de los límites del propio cuerpo.

5. Come de forma adecuada. Sin excesos y sin defectos, dieta variada y sin comer hasta hartarse. según e maestro Liu, los más altos niveles están vedados a quienes no son vegetarianos, aunque él comía de todo…

6. Evita vicios como el tabaco, alcohol, ruidos, etc. No es que debas llevar una vida recluida, pero esta clase de prácticas no casan bien con un “animal de fiesta”.

7. Se moderado con el sexo. Y la moderación pasa en el caso de ciertos ejercicios por guardar periodos prolongados de castidad absoluta y en otros simplemente por dejar alardes y proezas de lado. y vivir con una cierta moderación.

8. Al terminar de entrenar, muévete un poco. No te tumbes sin más, a menos que exista una indicación expresa en la normas del ejercicio.

9. Entrena TODOS LOS DÍAS. Ser constante es lo único que te permitirá incrementar la intensidad de tus ejercicios y obtener resultados.

10. ¡HAZ CASO DE LAS ADVERTENCIAS DE QUIEN TE ENSEÑA!

       En fin, que todo se resume en que esta clase de prácticas deben acompañarse de una forma de vida tranquila, seguir las normas y hacer uso del menos común de los sentidos, el SENTIDO COMÚN.

Tai Chi Chuan, ¿beneficios a largo plazo?.

      Otra de las frases que con más frecuencia se escucha en el mundillo del TCC es la que hace referencia a ciertos logros sensacionales que lamentablemente, sólo se alcanzan a un plazo largo o muy largo.

      Y claro, es verdad. Ciertos logros implican una madurez y experiencia que no se pueden adquirir sino tras largos años de entrenamiento diligente. Esperar obtenerlos en un plazo inmediato es de ilusos. Pero aquí es donde está la verdadera trampa, el TCC no es un arte marcial (o sistema de salud, longevidad o cualquiera que sea el objetivo que nos marquemos) con resultados EXCLUSIVAMENTE a largo plazo. Como todo método, posee beneficios a corto plazo, a medio plazo y a largo plazo. Quizás el porcentaje de cada uno de ellos sea sensiblemente diferente a frente los que se producen en actividades “similares” como otros estilos de artes marciales, deportes o artes de desarrollo personal, pero invariablemente hay logros a corto, medio y largo plazo.

       Como es lógico aventurar, una vez que se superan esos logros a alcanzar a corto plazo, se va avanzando en los que se desarrollan a medio plazo y finalmente con el tiempo, vamos alcanzando logros de la última categoría. Y es en ese orden, pues todo logro está relacionado con nuestro nivel y si no están consolidados ciertos logros básicos alcanzables a corto plazo, es de ilusos pensar en obtener logros de mayor dificultad .

      Al iniciarnos en el TCC, vamos alcanzando logros “modestos” en periodos de tiempo razonables, que a su vez son el sustento de logros más “elaborados” que llegan como fruto de la maduración de los primeros.

      ¿Cuales son esos logros ” a corto plazo” que uno debe alcanzar con relativa facilidad con la sola condición de entrenar de un modo correcto y diligente?. Los desgranaré en tres aspectos. Salud, Longevidad y Habilidad marcial.

      En el campo de la salud, me remito a la entrada anterior, pero pasan por alcanzar una resistencia ante factores externos como fatiga, calor, frío, hambre, dolor, etc, así como al equilibrio metabólico del cuerpo, con mejoras graduales en problemas de insomnio, digestivos, circulatorios, respiratorios, etc y en general, a alcanzar un razonable estado de bienestar y de salud general.

      Lamentablemente, en este ámbito de a salud, hay poco margen a pruebas y comprobaciones más allá del control estadístico. Será imposible demostrar que si no nos contagiamos de gripe, es por nuestra práctica y no “por que somos inmunes de forma natural”. Lo único a lo que podemos referirnos es al hecho de gozar de mejor salud por falta de enfermedades y al hecho subjetivo de encontrarnos “siempre” bien. Por supuesto siempre podemos intentar poner a prueba el efecto de la práctica sobre nuestra la salud, “atentando” voluntariamente contra la misma, pero sería de idiotas siquiera el plantearse hacerlo.

       En el marco de la longevidad, es evidente que de todos los logros del TCC, éste es que para quedar demostrado exige el paso de mucho tiempo, cuanto más mejor. Pero ya a corto plazo, hay varios “logros” que deben ser alcanzados. El primero es la adquisición de mecánicas corporales que eviten lesiones ya sean de carácter “activo” como caídas, lesiones tendinosas o musculares, etc, fruto de accidentes provocados por una técnica incorrecta o por carecer de los atributos que conlleva una buena práctica (fuerza, elasticidad…), así como la ausencia de lesiones “pasivas” como las causadas por malos hábitos de todo tipo, como son los posturales, alimenticios, de ocio o adicciones diversas. El deseo y la voluntad de abandonar costumbres y hábitos nocivos, son también logros a corto y medio plazo relacionados tanto con la longevidad en si misma, como con la longevidad funcional, que implica el ser independientes y capaces hasta el último momento de nuestra vida y que para mi sería la mejor definición de “Longevidad” inseparable del término “Funcional”.

      En el ámbito marcial es donde la frase de “eso es algo que llega después de muchos años” se escucha con más frecuencia. Y hay una “lógica perversa” en esta clase de afirmaciones, pues al ser la dimensión del TCC más susceptible de poder ser sometida a pruebas y comprobaciones, da poco margen al fraude y la subjetividad, por lo que genera la evidente desazón y reticencia a tratar el tema entre aquellos que carecen de toda habilidad al respecto, pero que no por ello renuncian al efecto de “aura de superioridad y misticismo” que otorgan fantásticas habilidades marciales a ser transmitidas al alumno, por supuesto en un futuro muuuuy lejano…

       Cuando una persona te dice que la habilidad marcial llega con los años, no te miente, es cierto que cuanto más entrenas y más sabes, mejor eres y que el alto nivel llega con el tiempo, pero sólo tras haber superado logros de bajo nivel e inmediato plazo de adquisición así como los de medio plazo y nivel. Pero en demasiadas ocasiones esa frase implica que quien la dice no posee ni a menor habilidad marcial, ni siquiera en los niveles más básicos e inmediatos.

    Toda persona que entrena el TCC en su dimensión marcial, esto es, forma, tuishou y aplicaciones, así como las habilidades propias de la práctica de Chikung aplicables a este ámbito, ve incrementada desde el primen momento su habilidad en la misma, del mismo modo que un niño que aprende a leer y escribir, inicialmente no sabe “nada”, en “poco tiempo” conoce las letras, luego aprende a leer palabras sueltas y asociarlas con el sonido correspondiente. Luego aprender a leer y escribir frases, a leer cuentos y libros y por último, pueden llegar a escribir sus propios textos. Y algunos llegarán a ganar el premio Nóvel de Literatura, pero sólo podemos esperarlo de aquellos que aprendieron a leer desde los estadios más “humildes” de conocimiento hasta llegar al más alto dominio de la escritura y la creatividad. En definitiva, los niveles más altos dependen de la consolidación de otros mucho más humildes y también en gran medida de la genialidad personal. 

       Cuando una persona se inicia en un arte marcial, el que sea, lo primero es aprender las técnicas y movimientos básicos. Esto puede llevar más o menos tiempo, pero un año es mucho más que suficiente para que una persona conozca una forma corta y tenga ya un cierto dominio del uso de los movimientos que ésta incluye. Es radicalmente FALSO que hasta que uno no domina la forma en toda su complejidad y detalles no puede ni debe atreverse a efectuar un estudio de las aplicaciones así como del Tuishou (empuje de manos). Y en todo caso, si las cosas fueran así, NADIE debería osar enseñar si sigue ese criterio, antes de haber alcanzado ese nivel.

     La realidad es que el estudio de las aplicaciones, así como del empuje de manos constituyen parte fundamental del entrenamiento y aprendizaje de las formas y que sin ello, dicho aprendizaje se realiza a ciegas, sin método, sin objetivo y sobre todos sin elementos de control sobre los cuales corregir nuestros INEVITABLES errores de entendimiento y apreciación del TCC y sus principios.

      En ese tiempo prudencial de uno o dos años, el estudiante debería haber practicado con compañeros aplicaciones basadas en los movimientos que ha estudiado en forma y conocer un número variable de aplicaciones diferentes para cada uno de ellos. Y dicha práctica debería empezar siendo absolutamente colaborativa por parte del compañero para GRADUALMENTE ir transformándose en una actividad cada vez más libre y sujeta a variaciones imprevistas en las acciones del compañero que habrán de ser “ajustadas” por el practicante.

      ¿Debería ser capaz el alumno de usar estos movimientos y técnicas en combate o en una situación de enfrentamiento real?. Bueno, capaz si, el que tenga buenos resultados ya es otro cantar. Aquí si que hay que admitir que el TCC es un estilo “difícil” que implica para ser eficaz estar en posesión de ciertos atributos así como un entendimiento de los sutiles principios técnicos y de estrategia del sistema que evidentemente requieren tiempo para consolidarse. Posiblemente enfrentado a un rival que tenga un tiempo de entrenamiento similar en otros estilos más “prácticos”, en los inicios la balanza se incline en nuestra contra. Pero con el paso del tiempo, los resultados se equilibran  debiendo incluso llegar a decantarse significativamente a favor del practicante de TCC, por el hecho de que hablamos de un estilo que concede gran valor  a los logros a largo plazo en relativo detrimento de los logros a corto plazo.

      Así pues, a corto plazo, un practicante serio debería de lograr mejorar su estado general de salud, siendo una persona más vital que la media, debería de aprender conductas que mejoran su capacidad de longevidad funcional y abandonar las que no. Y a nivel marcial, debería conocer y ser capaz de aplicar en entornos controlados las técnicas del estilo, así como haber alcanzado unas habilidades mínimas de adherencia, escucha y neutralización gracias a la práctica del tuishou.

      A medio plazo, las enfermedades “ocasionales” deberían haber sido prácticamente erradicadas y “contenidas” al menos las de índole crónica. A nivel de longevidad, debería notarse una evidente diferencia a nuestro favor respecto a la gente de la misma edad (aplicable esto evidentemente a adultos) y a nivel marcial, ser razonablemente capaces de hacer frente a una agresión sin armas por parte de una sola persona.

      A largo plazo, la salud ha de ser inquebrantable, con valores de analítica impropios de la edad avanzada, con unos niveles de autonomía y lucidez que no decaen con los años, así como prolongados hasta edades superiores a los 80-90 o incluso más años. Y a nivel marcial, ser capaces de enfrentarnos sin armas contra varios individuos armados y vencerles, incluso sin necesidad de hacerles daño.

      Por supuesto que los niveles a corto plazo no son sólo deseables sino razonablemente fáciles de alcanzar. Los logros a medio plazo, implican también un “medio plazo” de actividad diligente y con esa premisa, se deben alcanzar sin otra dificultad que el tiempo necesario para hacerlo.

      El “largo plazo y alto nivel”, son para muy pocos. No es muy realista basar nuestros deseos de entrenar y aprender en lograrlos, porque aunque posibles, no son de evidente consecución y precisan la unión de factores como conocimientos, constancia y diligencia, pero también a otros sobre los que no tenemos forma alguna de actuar, como es la propia genialidad personal.

       Y una última reflexión. Si a corto plazo no has obtenido resultados evidentes de mejora en los tres aspectos antes mencionados, o practicas poco, o practicas mal o no te enseñan correctamente.

      Si a medio plazo un practicante se ha estancado en logros alcanzables a corto plazo, o peor aun, no ha alcanzado ninguno de ellos, entonces ha recibido una pésima enseñanza o es que él es un pésimo estudiante y desde luego no está ni capacitado ni destinado a enseñar ni transmitir un arte que desconoce.

       Si a largo plazo, el practicante no es una persona con habilidades y características “fuera de lo normal”, estamos ante un fracaso ya de aprendizaje, ya de enseñanza o de ambos. Sin necesidad de entrar en lo “mágico” ni mucho menos, en este nivel no cabe ya el refugiarse en “eso se logra, se ve o se estudia a largo plazo” y debería haber ya muchos logros consolidados susceptibles de ser puestos a prueba a solicitud de los alumnos a los que se les promete un futuro “de espléndidos logros”.

        Ya que el TCC es un arte con miras al “largo plazo”, podemos considerar que los niveles y “grados” se alargan en el tiempo por encima de lo que pudiera parecer razonable para los términos corto, medio y largo plazo, pero desde luego, el plazo de uno a cinco años puede ser considerado “corto plazo”, entre cinco y quince años como mucho hablamos de nivel intermedio y de veinte en adelante, ya deberíamos hablar de “largo plazo” y niveles acordes con el mismo.