Ya vale de concesiones..

Según me dirigía a una de mis clases, pensaba en como explicar a los alumnos lo necesario de estudiar y practicar aplicaciones para poder realizar un buen TCC y una forma correcta.

Y entonces me di cuenta de lo estúpido del comentario que iba a realizar…

Estudiar aplicaciones para hacer bien la forma. Sin darme cuenta he caído en una concesión absurda, la de pensar que el TCC correcto tiene relación con ejecutar bien una forma. Es evidente que conocer, practicar y ejecutar con la máxima corrección posible las formas, es algo imprescindible, pero hemos confundido las prioridades.

Si practicas un arte marcial, lo importante es que seas capaz de utilizarlo de un modo práctico y eficaz.

Las formas son herramientas para conseguirlo, son métodos y no el objetivo.

No hacemos aplicaciones para tener una forma correcta, hacemos formas para poder realizar aplicaciones correctas, para poder usar nuestro TCC cuando queramos.

Las formas nos ayudan a codificar movimientos y aplicaciones, nos adiestran en determinadas mecánicas de movimiento, nos “contagian” criterios de estrategia… Pero es en su función donde esta el objetivo, el logro, no en su apariencia, ni siquiera en su correcta ejecución. Pensar lo contrario es errar por completo el blanco.

Desde ese momento me he dado cuenta que de forma inconsciente, lenta y “sin conflicto” he ido asumiendo cosas con las que en realidad no estoy de acuerdo en absoluto.

Tai Chi Chuan es un arte marcial. Tal y como yo lo aprendí, practico y enseño, este arte marcial tiene tres funciones inseparables e irrenunciables. Salud, Longevidad funcional y Defensa personal.

Perdiendo una, pierdes las tres. El TCC nace en el seno de grupos guerreros, creado por y para guerreros y por lo tanto busca satisfacer las necesidades de los mismos.

Es evidente que un luchador también es una persona y que por lo tanto tendrá las mismas necesidades que el resto de las personas. Necesita salud, necesita (o al menos desea), alcanzar una edad avanzada sin perder su calidad de vida y de modo particular, esta vez si por su condición de guerrero, necesita tener habilidad marcial.

El TCC nace para cubrir de un plumazo esas tres necesidades. Sus métodos son “marciales”, pues son creados por artistas marciales para cubrir sus necesidades al respecto. Son saludables, porque sin salud, un artista marcial no es eficiente, porque sobrevivir a una batalla pero vivir lleno de achaques es sólo algo mejor que no sobrevivir a esa batalla. Y porque pudiendo conjugar marcialidad y salud, es muy tonto hacerlo con marcialidad y lesiones-enfermedades degenerativas por entrenamientos incorrectos.

Es formidable gozar de salud de hierro y una “genética artificial” que te permita vivir con salud muchos años, para caer muerto a la primera batalla o asalto de bandidos, algo habitual en la China rural entre los siglos XVII-XX, momento en el que se desarrolla y expande el TCC. Longevidad no es solo que uno muere de viejo a edad muy avanzada, también lo es que no te matan a los 20 en una batalla o incursión de bandidos.

Es evidente que muchos pensarán (y con razón), que hoy no necesitamos tener el mismo nivel de habilidad marcial que hace doscientos años en China. Estoy de acuerdo y por eso no es preciso someterse a unos niveles de exigencia tan estrictos como entonces. Aunque que algo no sea necesario, no implica que ni se pueda ni se deba realizar de un modo intenso y comprometido. Simplemente ahora podemos permitirnos el lujo de ser menos exigentes porque la necesidad no nos obliga a serlo, pero tampoco se nos prohibe hacerlo. Siendo estrictos, si el TCC no es necesario, ¡pues no lo practiques!. Pero desvirtuarlo para que se adapte a tus gustos, a costa de perder su funcionalidad, no es practicar TCC, sino degenerarlo y desvirtuarlo.

Pondré un símil que he usado muchas veces. Imaginemos un sólido taburete de tres patas, capaz de soportar más de 300kg de peso.

El TCC es ese taburete y sus tres patas la salud, longevidad funcional y habilidad marcial. Podemos tener un taburete más ligero y en ciertos aspectos incluso más funcional, que en lugar de tener tres postes de telégrafos como patas (TCC a la antigua usanza), tenga tres sencillas patas de madera y cuya resistencia no sea ya de varias toneladas sino de 100kg, más que suficiente para la mayoría de las personas.

Hacer el taburete menos resistente, no hace que deje de ser un taburete y mientras cumpla unos mínimos de resistencia, será útil y práctico.

Ahora pensemos en otra forma de aligerar peso y materiales, le quitamos una pata al taburete…

Lo que tenemos es una tabla con dos palos inútiles adosados. Tal vez sirva para algo, como combustible en una chimenea…, pero como taburete, ya no. Un TCC al que se le extirpa una de sus bases fundamentales, ya no es TCC, por la sencilla razón de que no pierde un tercio de su utilidad, la pierde prácticamente toda, del mismo modo que la pierde un taburete con sólo dos patas.

En un jarrón podemos guardar líquidos. Pero si el jarrón está roto, o no tiene base porque se ha roto, servirá de adorno si no se ve el desperfecto, pero como jarrón dejará mucho que desear.

Hoy en día en el TCC prima lo visual y estético sobre la funcionalidad. El TCC bien ejecutado es visualmente agradable a la vista, pero sinceramente, si funciona, como si es feo hasta gritar basta.

Para mi está muy claro. El TCC no es un “regalo de la cultura tradicional china a la humanidad”, no es “un refinado producto de la medicina china para cuidar la salud de las personas”. No es nada de eso. Es un arte marcial, nacido en China, de la mano de grandes expertos luchadores, que además resulta ser un producto de la cultura marcial china y que añade el valor añadido de generar luchadores saludables y longevos, especialmente en el área de la funcionalidad y la independencia personal.

Y lo que se avance en la línea del deporte, del entretenimiento social, de la mera gimnasia, del New Wave, de la “auto-ayuda”, de la espiritualidad abstracta y sin esfuerzo, especialmente si es en detrimento de los elementos y objetivos originales, es una desviación, que no pienso ver con buenos ojos, que no apoyaré, con la que no me siento identificado y a la que no reconozco como TCC, con la que no acepto que me relacionen ni a mi ni al arte que practico y que no voy a justificar sólo porque a muchos les guste. “Mal de muchos consuelo de tontos”. Y opinión de muchos, fundamentada en que es más cómodo (y lucrativo) degenerar, hasta que todo parecido con el original sea meramente casual, que mantener la esencia de las cosas, no es sino otra versión de ese “consuelo de tontos”.

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Paradojas en la historia de estilo Yang

En primer lugar aclarar que yo soy practicante del estilo Yang, con lo que animadversión contra el sistema, muy poca.

Todo lo que sigue viene a colación del uso actual (y posiblemente también en el pasado) del “linaje” como escudo contra las críticas.

Un linaje solo indica que tienes un profesor que desciende de modo directo a través de un cierto número de generaciones, del fundador del estilo. Eso significa que ha tenido acceso a toda la información y conocimientos que atesora un determinado estilo, pero , ¿es eso necesariamente cierto?.

El estilo Yang aparece cuando Yang Luchan que había sido alumno de Chen Chanxing, maestro en la aldea de Chenjiagou, llega a ser instructor de la familia imperial y de su guardia. No existía en su época un reconocimiento mayor al que un artista marcial pudiera optar.

El caso es que el arte que aprendió Yang Luchan (no uso el término Tai Chi Chuan, pues este nombre sería adoptado varios años después en la corte a raíz de un comentario elogioso hacia Yang Luchan por parte un letrado de la época), salió de la familia Chen. Hay una cierta controversia sobre si Chen Changxing le enseñó el sistema de la familia o por contra otro estilo, o una versión propia del mismo influenciado por las enseñanzas de un maestro ajeno a la familia.

Tradicionalmente, se enseñaba sólo a la familia y por lo general, era el hijo varón mayor el que heredaba el estatus de “cabeza del estilo”, siendo el único que recibía sin ninguna reserva todo el conocimiento del anterior “guardián del estilo”. Que se enseñase a alguien ajeno a la familia era algo inusitado y que encima esa persona llegara a ser el referente a nivel nacional de dicho estilo, un fenómeno único.

El estilo Yang en su primera generación (Yang Luchan), genera varios “descendientes”. Los hermanos Wu, de Yongnian, que pronto de “independizan” de la familia Yang creando su propio estilo estilo (Wu-Hao), Quan Yu, cuyo hijo Wu Jian Quan, sería el involuntario fundador del estilo Wu, los propios hijos de Yang Luchan, Yang Panhou y Yang Chienhou…

Tradicionalmente, el estilo debería haber sido heredado por el hijo mayor de Yang Luchan, pero según distintas versiones, a la muerte de su padre prefirió dejar la práctica y vivir como agricultor. Otras versiones apuntan a que murió joven y lo más probable es que antes que su padre.

El siguiente “heredero” del estilo Yang sería el segundo hijo de Yang Luchan, el maestro Yang Pan Hou. Se sabe que a diferencia de su padre (Yang Luchan era analfabeto), recibió una esmerada educación, entre otros del alumno de su padre Wu Yuxian. Era sin duda el candidato idóneo para heredar el cargo de patriarca del  estilo, pero…

En primer lugar está la “molesta” figura del Quan Yu, un alumno de Yang Luchan, que por motivos protocolarios y para evitar que un simple guardia tuviera por “hermanos de práctica” a nobles miembros de la familia imperial, fue conminado a hacerse formalmente alumno del hijo de su maestro, Yang Panhou. Lo curioso es que está documentado que el propio Yang Panhou le recriminó a su padre haber enseñado demasiado a Quan Yu, pues enfrentados, éste le superaba en la práctica de tuishou. Sabiendo del irascible carácter de Panhou, es de imaginar que no se trataba de simples y amables empujoncitos…

Otra historia cuenta que a la muerte de Yang Luchan, uno de sus alumnos, continuador de la línea “Tai Chi Chuan Yang Imperial”  puso en duda el nivel de Yang Panhou, venciéndole.  Yang  Panhou habría pedido la tradicional revancha a los tres años, preguntándole entonces su adversario si había aprovechado el tiempo para entrenar y mejorar. Ante la respuesta enfadada y afirmativa de Yang Panhou, su rival simplemente habría saludado y declinado el combate llamando a Yang Panhou “maestro” aceptando con ello el estatus de patriarca del estilo para Panhou.

Al final, y pese a todas las circunstancias, el segundo hijo de Yang Luchan, Yang Panhou, habría sido el “cabeza del estilo” en la segunda generación de la familia Yang. Por ese entonces habrían surgido ya los estilos Wu-Hao (Wu Yuxiang, sus hermanos y sobrinos), el estilo Yang Imperial, ambos independizados por completo del estilo Yang y Quan Yu, como maestro del estilo Yang, bajo la autoridad de Yang Panhou.

En la historia de la segunda generación del estilo Yang hay otro personaje de vital importancia, Yang Chienhou, hermano pequeño de Panhou y también consumado maestro.

Al parecer el carácter de ambos hermanos era muy diferente. Panhou era brutal con sus alumnos, gustaba de pelear y en general, poco “amigable”. Tuvo un hijo y una hija de los que no hay demasiada información. Si sabemos que la hija fue gravemente herida (o muerta según versiones) por su propio padre durante un entrenamiento con lanza… Del hijo sabemos que murió relativamente joven. Con ésto el linaje y enseñanza de Yang Pan Hou habría pasado a alumnos ajenos a la familia o a sus sobrinos, en especial Yang Shaohou.

Por su parte, Yang Chienhou, tuvo bastantes alumnos, dado su carácter más abierto y amable. Se sabe que tenía tres hijos, falleciendo el mayor en vida de su padre, aunque casado y con dos hijas. De este modo, además de los alumnos ajenos a la familia, el estilo quedaría en manos de sus dos hijos, el segundo, Yang Shaohou y el tercero, Yang Chenfu.

De nuevo, y de modo “irregular” y contrario a la costumbre china, en la tercera generación se “salta” al hijo mayor Yang Shaohou, el cual habría sido  por lógica quien debía dirigir el estilo, sobe todo si tenemos en cuenta que era 21 años mayor que su hermano pequeño, que había tenido oportunidad de ser entrenado por su padre, por su tío y muy probablemente por su abuelo en su infancia.

Se sabe que Yang Shouhou no era una persona simpática. No aceptaba alumnos que previamente no hubieran sido instruidos por Wu Jian Quan o por su hermano Yang Chenfu. Era contrario a enseñar de forma abierta a cualquiera y tuvo pocos (y escogidos) alumnos, a los que enseñaba con rigor y dureza.

Sin embargo, no es el “cabeza de estilo” , el referente de la familia Yang en la tercera generación. ¿Por qué?. La primera razón es que no deja hijos, aunque si alumnos. La familia Yang entonces queda en manos de Yang Chenfu. Yang Chenfu, al contrario que su hermano, era una persona mucho más abierta y amable. Tuvo muchos alumnos y a la muerte de su hermano, todos le reconocían como el “mejor” del momento dentro de la familia y el estilo, aunque entre ambos había notables diferencias técnicas.

Para complicar aun más las cosas, cada uno del los maestros citados, creo sus propias versiones del estilo.

Yang Luchan practicaba la vieja forma, de la que hay pocos datos fiables. Yang Pan Hou desarrolló la “forma pequeña”, de posturas más altas y presumiblemente velocidad “rápida”. Yang Chienhou, desarrolló la “forma media”. De sus hijos, Yang Shaouhou, se especializó en la “forma pequeña”, influenciado por el trabajo de su tío Pan Hou, desarrollando una forma de entrenar “dura y corta”. Yang Chenfu se especializó en la “forma larga”, desarrollando un estilo suave y poderoso, aunque se sabe que practicaba otra forma “cerrada”, a velocidad rápida, es de suponer que similar a la de su hermano mayor.

Y pasamos a la cuarta generación. Y como es “tradición” en la familia Yang, al primer hijo nos lo saltamos.

Yang Shouzhong fue el hijo mayor de Yang Chenfu, su asistente y por lógica “heredero”. Vivió sus últimos años en Hong Kong donde enseñó su estilo a un pequeño grupo de alumnos. Sin embargo, a efectos “de linaje”, por razones no muy comprensibles, es su hermano pequeño y tercer hijo de Yang Chenfu, Yang Zhenduo quien dirige el estilo familiar en la quinta generación…, salvo porque un alumno de su padre (y también miembro de la familia, sobrino nieto de Yang Chenfu), el maestro Fu Zhonwen, también habría sido “heredero” del cargo de guardián del estilo, pasando el título a su hijo Fu Shenyuan.

Lo cierto es que Yang Zhengduo, apenas conoció a su padre (murió cuando tenía seis años), por lo que fue entrenado por su hermano mayor y por su “tío” Fu Zhonwen entre otros. En el caso de ambos, sus modos de ejecutar las formas y el resto de trabajos son muy similares. No sucede lo mismo con Yang Shouzhong, cuyo modo de practicar TCC sería notablemente diferente…

En todos los casos, las distintas formas de cada linaje, forma grande, pequeña y media, forma antigua…, son prácticamente la misma, aunque con modos de ejecución muy diferentes. Es más que probable que en realidad sean variaciones personales de cada uno de estos maestros al “especializarse” en un determinado modo o método de trabajo y entrenamiento y que aunque cada uno tuviera su especialidad, en realidad todos supieran y practicasen las otras variantes de sus familiares.

Estilo Yang auténtico…

El estilo Yang auténtico debería ser por lógica, en segunda generación el de Yang Panhou y continuar en la tradición de sus estudiantes. Es de suponer que eso sucede con sus sobrinos Shaouhou y Chenfu, aunque no deja de ser eso, una suposición ante la figura tanto del abuelo Yang Luchan, como de su padre Yang Chien Hou que habría desarrollado el “estilo medio” y que se supone habría influenciado también en mayor o menor medida a sus hijos.

En tercera generación, deberá ser Yang Shouhou el referente y su linaje continuado por sus alumnos, incluídos sus sobrinos…, aunque la familia en principio reniega de este dato, tomando a Yang Chenfu como único referente del estilo familiar.

En cuarta generación, tendríamos a Yang Shouzhong, cuyo estilo, según algunos estaría muy influenciado por el método de su tío Yang Pan Hou e incluía la forma forma rápida de su padre, y que era muy diferente del de su hermano Yang Zhenduo. Su curriculum sería en gran parte considerado como ajeno al de la familia por su hermano y “primo”. Quedan pues Yang Zhenduo y Fu Zhongwen, que una vez fallecido, dejaría el puesto a su hijo Fu Shenyuan.

Existen además otros miembros de la familia Yang que no llevan el apellido, por ser descendientes de las hijas de miembros de la familia y por lo tanto heredar el apellido de sus padres (Fu Shenyuan es uno de estos casos, pero no el único).

Determinar qué es y que no es “auténtico estilo Yang”, es como vemos algo complejo y problemático. Poseer un linaje es una primera garantía, pero no es para nada improbable que linajes “secundarios” puedan generar practicantes tan o más diestros en el TCC del estilo Yang que el de los linajes “oficiales” y desde luego igual de “puros” que éstos aunque tal vez no igualmente reconocidos.

Y por último recordar, que el linaje no te va a solucionar las papeletas que te mande la vida. Lo importante no es saber como te “apellidas”, sino si eres digno de ese apellido y si estás a la altura del mismo.

 

Trucos, técnicas y principios.

Un “truco”.

Al empujar a un rival, pisa su pie adelantado. No solo es que vaya a caer, también sufrirá al menos una dolorosa distensión en su tobillo.

Este “truco” se basa en un principio general que consiste en mantener “hipotecada” una parte del cuerpo de tu rival, que no necesita en el mismo momento del ataque para defenderse, sino que lo precisará después. Es decir, obramos con premeditación.

De este principio general pueden generarse multitud de técnicas altamente eficaces, y lo que es más importante, el número que puede surgir de éstas a partir de un determinado principio estás sólo limitado por nuestra genialidad. Hay por ejemplo una forma “genial” de enfrentarse a un agarre doble de muñecas. Con una de tus manos agarras la otra muñeca del rival y liberas la mano que te tiene cogida con la suya, procediendo a golpearle con a mano liberada. El resultado es que “no tiene manos para defenderse”, puesto que una mano se la agarras tú y la otra…, ¡la mantiene estúpidamente cerrada con fuerza sin darse cuenta que la puede soltar para defenderse. Sólo pasados unos segundos suele uno darse cuenta que agarra con mucha fuerza cuando la impresión que se tiene es que somos agarrados. Ni que decir tiene que se te queda una cara de tonto… Lo que en este caso te “hipotecan” no es tanto tu mano, como tu capacidad de percepción, pero la idea fundamental, sigue siendo la misma.

Sin embargo, considerada cada una de estas técnicas por si sola y ajena a principio común, no admiten extrapolación alguna ni generan variantes, o lo que es más importante, técnicas claramente diferentes, frente a situaciones diferentes. Así pues, hemos de aprender y recordar una a una cada una de ellas y la capacidad de adaptación es por lo tanto reducida.

En TCC hay una serie de “principios fundamentales” que surgen del estudio de los diferentes “Clásicos”, textos que importantes maestros dictaron para conservar la esencia de su arte, más allá de lo meramente técnico, que de hecho, apenas está presente en los mismos.

No es tanto la técnica sino si la misma se ciñe o no a los principios del TCC, lo que hace de ella un ejemplo válido en TCC.

Quede claro que lo más importante de una determinada técnica no es si es o no “TCC puro”, sino si funciona. Pero dentro de que funcione, ha de ser compatible con el resto de elementos técnicos, estratégicos y teóricos del sistema si queremos que funcione sin interferencias indeseables.

Así pues, una técnica en la que inclinásemos pronunciadamente el tronco de forma lateral, podría ser útil en un determinado momento, pero incompatible con la necesidad estricta de conservar y conocer en cada momento el estado de nuestro equilibrio. Sin esta condición, el corpus técnico del TCC, no funciona, por mucho que algunas técnicas, ajenas al TCC si puedan hacerlo.

La función de los principios es protegernos. El TCC es fantástico en su aspecto marcial, pero sus técnicas, si no se cumple con ciertas condiciones, no sirven de nada resultando estrepitosamente pobres. Por contra, dentro del ámbito y los márgenes que proporcionan los principios, proporcionan resultados óptimos.

Un traje de buzo, con sus botas de plomo y su pesada escafandra, es ideal para trabajos en la profundidad marina y sin embargo es un equipamiento no sólo inútil sino pernicioso para un soldado de infantería, o para un jinete, o para no salirnos de ámbito marino, de un recolector de percebes… Pero dentro de su ámbito de trabajo, es lo mejor.

Los distintos estilos, hacen una elección sobre como van a enfrentar una situación, en base a esa elección eligen las herramientas a utilizar. Por supuesto toda elección tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Si eliges enfrentarte al rival evadiendo y entrando por los costados, probablemente serás “pobre” en defenderte de lo que entre por tu centro. El propio sistema genera medidas de protección, como ladear el cuerpo, pasos laterales y curvos, etc.

Por otra parte si tu sistema es experto en entrar “por el centro”, sabrá cubrir, controlar y gestionar todo lo que venga o esté por ese centro, pero por contra, tus costados no serán tan “fuertes”. Por ello el sistema te enseñar’a mantenerte “centrado” respecto de tu rival y a no ofrecer costado alguno.

¿Que método es mejor?. Ambos son “buenos” cuando los usas correctamente y con éxito y “malos” cuando fallas. Quizás lo mejor sea evitar la especialización y ser versátil en todos los ámbitos, pero de un modo u otro esto es sencillamente imposible, aunque no sea más que porque nadie es consciente de todos los posibles ámbitos y circunstancias en los que tendremos que usar nuestra habilidad.

Cuando empiezas a estudiar un arte marcial, aprendes técnicas de un modo “lineal”, de forma que conoces, 1, 20, 50, 600… o las técnicas que sean. Pero pronto empiezas a crear categorías (por lo general, en realidad esas categorías ya existen) que permitan “organizar” el conocimiento.

Y más allá de las diferentes categorías aparecen distintos “principios”, ya sea de movimiento, de estrategia, de coordinación… Esto reduce un número elevado de técnicas, del orden de varios centenares o miles a unas pocas decenas de principios, ejemplificados por unas pocas de esas técnicas.

Y lo que es mejor, fruto de la combinación de diferentes modos de esos principios y limitadas técnicas de ejemplo, podemos multiplicar de forma exponencialmente el número de técnicas singulares generables, sin ser necesario recordarlas una a una, sino teniendo un conocimiento pormenorizado de esos principios, “conocerlas todas”.

Lo fácil, es aprender un determinado número de “trucos” que funcionan. Extraer los principios en que se fundamentan es por supuesto algo mucho más complicado, pero enseguida da frutos, reduciendo el trabajo de memoria y práctica necesaria de diferentes técnicas, pues lo que eran innumerables cosas diferentes, pasan a ser unas pocas cosas diferentes con distintos ajustes puntuales que no precisan mayor consideración ni esfuerzo extra por ser dominados.

Es una cuestión de entendimiento. Hay técnicas “prodigiosas” que por si mismas representan un “truco” sobresaliente. Pero si conoces el principio, tendrás a tu disposición la fuente permanente de ese y muchos otros “trucos prodigiosos”.

Energía interna.

Aquí estamos ante otro de esos temas que siempre resultan complicados y polémicos.

La “energía interna” o más apropiadamente “Chi” cuando hablamos de TCC, son términos propios de a cultura china y en general oriental, que no tienen traducción directa en la actual cultura occidental.

No la tiene, entre otras cosas, porque es un término enormemente genérico, que se usa para denominar a demasiadas cosas, muchas de las cuales si tienen traducción directa a nuestro idioma y además, están claramente diferenciadas entre si.

Las palabras nacen con la necesidad de denominar a todas las cosas y diferenciarlas. El concepto de “chi”, según mi impresión, nace de la necesidad de darle nombre a unas sensaciones subjetivas, fruto de ciertas prácticas y experiencias.

Aunque estas sensaciones son subjetivas, si es cierto que se repiten de un modo bastante similar en todas las personas que experimentan con el mismo tipo de prácticas, lo cual nos lleva a pensar que hay una lógica en creer que existe “algo” que las genera y es común y compartido en todas esas experiencias. De ahí a ponerle un nombre, hay un solo paso y en el idioma chino ese es “Chi” (Qi en Pinyin).

La “energía interna” es algo muy simple, cuando posees un control superior sobre tu cuerpo, empezando por un elevado nivel de consciencia corporal, eres capaz de optimizar todos los recursos que tu cuerpo precisa para realizar una acción. Y me refiero a “algo” que excede al simple control del movimiento y destrezas de equilibrio, elasticidad , velocidad y fuerza, más que nada por que la consciencia corporal que nos ocupa, te permite usar recursos que por lo general no son de carácter “voluntario”.

Esa “energía interna” tiene mucho que ver con el uso de mecánicas corporales y de mecanismos neuro-musculares que no son innatos, sino que deben ser desarrollados, por caminos, además, que muchas veces resultan un tanto desconcertantes.

Pero de momento, de “Chi” no hay nada. Bien, al poner énfasis en formas de entrenamiento introspectivas, uno pasa a darse cuenta que bajo las sensaciones evidentes asociadas a una acción, hay otras, más “apagadas” en principio, pero que nos proveen de la capacidad de reconocer en mayor profundidad la calidad y cualidad de cada movimiento o acción, ya sea física o del plano mental.

Este conjunto de sensaciones, en el ámbito del TCC, se asimilan con una sensación de flujo en el movimiento y de plenitud en otras circunstancias. Y así como se activan en el movimiento y mediante un trabajo intenso de introspección, llegamos a ser conscientes de las mismas, una vez descubiertas y potenciadas, experimentamos que dichas sensaciones no son absolutamente dependientes del movimiento, sino que pueden ser activadas simplemente con la intención.

El siguiente paso es darse cuenta que si bien el movimiento físico fue el que inició este tipo de sensaciones, una vez conscientes de las mismas y adquirido cierto control, pueden ser ellas el motor del movimiento y no una simple consecuencia del mismo. Pasan de ser un efecto, a ser “la causa”.

Por supuesto, todo esto puede ser explicado como una simple alteración de la percepción, que en cualquier caso lo es, pero nos lleva con facilidad a pensar que pueda tratarse de un tipo de “sustancia inmaterial”, puesto que no hay forma de analizarla, o influidos por esa característica, un tipo de “energía” de naturaleza indeterminada pero “innegable”.

¿Innegable?. Lo cierto es que lo que no se puede demostrar, tampoco se puede afirmar. Puesto que que el “Chi” no tiene forma alguna de ser medido y que todos los intentos en esa vía, proporcionan en el mejor de los casos resultados muy parciales que no explican el total de fenómenos y sensaciones que se le adjudica a este concepto, llevan a ser cautos a la hora de afirmar que el “chi” existe como algo material. Del mismo modo, puesto que las sensaciones y experiencias se repiten, no podemos dejar de pensar que “algo debe de haber”.

Mi punto de vista al respecto es muy pragmático. Ni se que es exactamente el “Chi”, ni se si existe o es una mera alteración de la percepción, ni me importa. Lo único que me importa es que utilizando ese concepto, puedo acceder  ciertas habilidades que desde luego si que son “reales”. Fuera de esto, discutir sobre la existencia del “Chi” es una pérdida de tiempo que podrías emplear en algo más útil, pues no es previsible llegar a ninguna conclusión tajante.

Sin embargo, si practicas TCC, es igualmente absurdo negar el concepto del “Chi”, pues es la clave de muchas materias. Lo más simple es usarlo y disfrutarlo. Y resto, se lo dejamos a los filósofos.

Pagando la deuda.

Hace unos días me sucedió algo que me produjo una gran alegría, pues me reafirma en mi compromiso con el TCC.

Charlaba sobre la enseñanza del TCC y su difusión con una amiga, practicante de TCC desde hace ya más de una década, sobre las dificultades que tiene el alumno para integrarse en una escuela y “hacerse un sitio en la misma”.

Yo a ella la conocí como “nueva alumna” en el grupo en que que por aquel entonces estudiaba y del que en cierto modo era uno de sus “impulsores” y estudiante “avanzado”. Como tal, a mi la integración y consolidación de un “estatus” no me supuso problema alguno y en comparación con lo “árido” de mis comienzos, consideraba que los nuevos alumnos lo tenían todo muy fácil.

Sin embargo, ella me cuenta ahora, casi una década después, que tenía la impresión de estar en un círculo extremadamente alejado del foco de la enseñanza, ante la indiferencia de sus compañeros más avanzados que acaparaban toda la atención y enseñanza del maestro.

Todo esto, por supuesto, no tiene nada de positivo y habla de lo importante que es atender, al menos en cierto grado, a los nuevos alumnos y  proporcionarles las claves para que “encuentren su sitio” en el seno de un grupo.

La parte “bonita” de esta historia es cuando me comentó que en sus inicios se sentía perdida, sin que nadie le hiciera caso…, nadie excepto  yo, que según me cuenta, me acercaba regularmente a interesarme por lo que estaba entrenando en cada momento y a darle consejos al respecto. Me confesó que una de las razones para no abandonar, fue precisamente la atención que yo le prestaba. Y puesto que ella es hoy quien es, doy fe de que fue un tiempo bien empleado.

Cuando yo comencé en el TCC, tenía unos objetivos bastante simples, aprender un arte marcial. Y en principio lo hacía desde la óptica occidental de la economía de mercado. El alumno paga por sus clases y el maestro le enseña.

Sin embargo, las cosas no eran/son así.

Lo primero fue darme cuenta que los conocimientos que me daban, no tenían precio y que la cuota mensual, cubría el tiempo empleado, pero no lo enseñado. La cuota pagaba su tiempo, pero mi sudor es el que pagaba su conocimiento. Mi maestro no miraba el reloj a la hora de enseñar, no escatimaba enseñanzas, salvo con un único criterio, si el alumno podía o no entenderlas. Y de hecho frecuentemente nos increpaba que él estaba esperando que nosotros alcanzásemos determinado nivel para poder pasarnos muchas cosas que nos tenía reservadas, pero que precisaban ciertas condiciones previas de maduración del estudiante.

EL Maestro Liu, siempre enfocaba sus clases al nivel de los alumnos más avanzados. Pero en una ocasión nos advirtió muy seriamente que ésto sólo era posible si nosotros por nuestra parte le ayudamos con los nuevos alumnos y éramos consecuentes con el papel de “hermanos mayores” que se nos había adjudicado. En caso contrario él tendría que dedicarles más tiempo a ellos en detrimento del que nos dedicaba a nosotros.

Con esa premisa, yo siempre “recibía” a los nuevos alumnos. Me ponía un día con cada uno de ellos cuando ya llevaban unos días de “rodaje” y les ayudaba y aconsejaba sobre como hacer las cosas. Si el nuevo alumno daba muestras de interés y luego intentaba poner en práctica lo que se le mostraba, yo les seguía ayudando. En caso de tomarse el aprendizaje como un mero pasatiempo,  yo obraba en consecuencia y limitaba la relación personal al ámbito social, pero no me preocupaba en absoluto por su aprendizaje, exactamente lo mismo que hacía el propio interesado.

Liu nos hablaba en alguna ocasión de que él se daría por satisfecho si conseguía enseñar a un solo alumno. Desde luego supongo que se hubiera sentido mucho más satisfecho si lograse enseñar de un modo completo a varios. No obstante, durante bastante tiempo me intrigó esa frase, puesto que él enseñaba a todos con auténtica dedicación y gusto. ¿Por qué esa preocupación de enseñar al menos a uno?. Lamentablemente llegué a comprenderlo más tarde.

Cuando el maestro Liu prácticamente agonizaba (creo recordar que  lo que voy a contar sucedió menos de una semana antes de su fallecimiento), fuimos varios a visitarle a casa de su hija, donde pasó sus últimos días. Sentado en un sillón y casi sin fuerzas, me dio la última lección técnica que recibiría de él, sobre las fuerzas “Kai-He”, (Abrir y Cerrar).

Es evidente que en su estado, nada podía hacer pensar en obligación alguna por su parte para hacer el menor esfuerzo, mucho menos por enseñar a esas alturas. ¿Que precio tiene esa lección?. NADIE tiene bastante dinero como para pagarla, yo no lo tuve nunca ni lo tendré para pagarle a mi maestro y nadie lo tendrá para pagarme a mi por transmitirla. Sin embargo la recibí y forma parte de la inmensa deuda que contraje con mi maestro. Al ser depositario, de la parte que sea, del saber que él transmitió y que es evidente que nunca llegué a “pagar” en su justo precio, sólo me queda una forma de quedar en paz. Transmitir yo lo que aprendí y de ese modo devolver lo que recibí.

Esa consciencia de como “quedar en paz”, me reveló que al maestro Liu le pasaba algo similar. Cuando nos hablaba de su padre, siempre comentaba el increíble nivel que tenía y como él no era más que un pobre sucesor del mismo (de hecho, tenía incluso una “frase hecha” respecto a su propio nivel). Creo que él también se sentía en deuda con sus maestros y que enseñando, era del único modo que dicha cuenta podía saldarse.

El dinero, no tiene nada que ver en esta ecuación. La gente paga para aprender, pero la enseñanza que algunos han recibido, no pasa por un mero intercambio comercial. Pasa por la adquisición de un compromiso, no público, ni siquiera necesariamente declarado, de ser un eslabón más en la transmisión de conocimiento y pasarlo a la nueva generación.

Por eso, cuando esa amiga me comentó que gracias a mi atención hace un decenio, ella no abandonó, siento que mi deuda es ahora un poquito menor.

¿Y tu como aprendiste? II.

Recordando mis inicios, hay otra cosa de mi primer día que definitivamente me decidió a continuar.

Al ser presentado al maestro Liu como nuevo alumno y mientras el resto de compañeros iban llegando, el maestro que estaba comentando algo que no entendí por cuestiones de idioma, me pidió que le lanzará un puñetazo. Cuando me tradujeron, un poco cohibido (Liu contaba por esos días 75 años), le lancé un puño a la cara con poca intensidad, que él atrapó y mantuvo agarrado sin el menor problema. Con un “another one” me increpó para que le diera otro, así que lancé otro golpe con mi brazo libre, esta vez más rápido y fuerte. Nuevamente, lo atrapó con su otro brazo y tirando de ellos me acercó a su cuerpo. Y entonces, sin realizar el menor movimiento de cadera o pies, “sacó tripa” golpeándome con la misma y lanzándome a más de dos metros de distancia. En esta técnica, para el “golpe” no intervinieron ni sus brazos, ni sus piernas, ni cadera…, Simplemente “metió tripa” y luego la “sacó” bruscamente.

Esto tuvo varios efectos. El primero, aparte de ser lanzado por los aires, todo sea dicho, sin sufrir el menor daño, fue el evidente estupor que surgió en mi cara, mientras decía algo así como: “pe, pero…, ¡no es posible!, ¡pero si me ha golpeado sólo con el vientre!…“.

El segundo fueron las carcajadas de todos los presentes, tanto por la increíble técnica que habían presenciado, como por mi cara y comentarios.

El tercer efecto fue “convencerme” de que allí había cosas que merecía la pena aprender. Al respecto de la técnica que había experimentado, Liu me contó algún tiempo más tarde que se tratada del “Hama Kung” o “Kung fu del Sapo”, entrenamiento que permitía recibir golpes en el vientre “devolviendo” la fuerza del mismo al atacante, de forma que éste salía rebotado hacia atrás o si se hacía con peores intenciones, dislocando o incluso rompiendo la muñeca del agresor.

También nos contó que este “truco” lo usaba últimamente con mucha frecuencia. Se colocaba a uno de su nietos sobre el viente, mientras él estaba tumbado en una cama y los lanzaba por los aíres elevándolos más de medio metro, para entretener al crío que disfrutaba de lo lindo.

Al preguntarle como lo aprendió, nos contó otra de aquellas historias que tanto nos gustaba escuchar. Al parecer, conoció a un experto que le presentó el método. Liu no estaba seguro de que realmente se pudiera desarrollar una habilidad útil, así que el maestro le presentó  una alumna y le conminó a golpearla en el estómago. Liu, reacio a pegar a una mujer y preocupado, pues tenía una fuerza más que notable, se negó y el maestro le indicó que si era capaz de tumbar a la chica, “podía casarse con ella” (tengo la impresión de que era una forma “educada” de decir que se podía acostar con ella con el beneplácito del maestro y de hecho, es una frase que utilizó en alguna otra ocasión e historia).

Finalmente, Liu golpeó a la muchacha, que no solo no resultó afectada por el mismo, sino que le mandó volando por los aires. Nunca contó más sobre el tema, pero doy fé que aprendió el método…

Según pasaba el tiempo durante mi aprendizaje, poco a poco fui descubriendo que en el seno del grupo, había ciertas cosas que no eran para nada “públicas”. Una de ellas era que los alumnos más serios quedaban para entrenar entre semana (las clases con el Maestro Liu eran los Domingos por la mañana y los Miércoles al medio día). Este entrenamiento era algo absolutamente privado y al que sólo se podía acceder por invitación expresa de alguno de sus miembros y por supuesto, previo consenso de resto.

Yo intuía, más allá de los rumores que escuchaba,  que esto ocurría tal y como se contaba, pues al vivir cerca del lugar donde entrenaban (Parque de El Retiro), en alguna ocasión les vi practicar en horas y días diferentes a los de las clases , siendo en todas esas ocasiones recibido mi saludo y presencia de forma bastante “seca” y poco amistosa.

La cuestión es que pasados unos meses desde mi inicio (calculo que entre cuatro y cinco), me invitaron a entrenar con ellos cada Lunes y Viernes por las tardes. El entrenamiento era bastante largo, pues empezábamos según temporadas, entre las tres  y las cinco de la tarde prolongándose hasta las ocho y media. Así que cada día de entrenamiento suponía de tres a cinco horas, sin prisas pero con pocas pausas.

Mi primer día de entrenamiento “a puerta cerrada” yo estaba emocionado, pues preveía que por fin empezaría a entrenar Tuishou (empuje de manos) y Sanshou (forma por parejas), además del trabajo habitual, que ya conocía y realizaba de Ejercicios, Chikung y lo poco que sabía hasta ese momento de la forma. Por supuesto, la realidad fue otra, nuevamente inspirada en el cine marcial.

El entrenamiento comenzó con una serie de Chikung similar a la que realizábamos en las clases de Liu, luego Tai Chi Sao (ejercicios de acondicionamiento específicos para el TCC de nuestra escuela, con énfasis en la postura fija), repetición de las técnicas por parejas de la anterior clase (creando variantes que surgían de la propia práctica) y repetición de la forma larga tres veces. Luego llegaba el trabajo de Tuishou y Sanshou.

Me sumé “a todo”, de hecho en el entrenamiento de técnicas recibí un “kao” (golpe de hombro) que estuvo a un tris de lanzarme a un estanque cercano y una proyección que literalmente, me lanzó por los aires de un modo que yo pensaba que sencillamente no podía existir. Ésto generó las protestas del que llegaría a ser “mi hermano mayor” de por vida, que consideraba que había algo más que un cierto abuso en los golpes y trato que recibí ese día y que algunos me estaban usando para poner a prueba si realmente las técnicas les funcionaban. Por mi parte, aunque físicamente “tocado”, lo que me marcó fue ver en mis compañeros esa capacidad y “poder”.

Así, estaba  dispuesto a todo por aprender, pero para mi pesar al llegar el momento de practicar Tuishou y Sanshou, eramos impares y además yo no conocía la serie ni los patrones de tuishou…, así que me dice uno de mis compañeros: “…mientras nosotros entrenamos Sanshou, tú practica el “C” de “cepillar rodilla“…”. Éste es un trabajo de base repitiendo un movimiento de la forma, en postura fija con los pies juntos (A), , luego lo mismo, pero en postura del jinete (B) y por último en movimiento con pasos (C).

Yo, ingenuo, pregunté que cuantas repeticiones. El compañero me dijo que lo hiciera “100 veces”. Lo cierto es que en clase con Liu, nunca repetíamos más allá de 36 veces este ejercicio, entre otras cosas por lo duro que era  y porque lleva un buen rato realizar esas “100 repeticiones”. Cuando el compañero me dijo ese número, yo pensé : “…lo mismo podrías haberme dicho que lo haga 1000 veces…”. Pero en fin, me puse a ello y conté. Para mi sorpresa pasaba el tiempo y llegué a los 100. Pensando que ya era más que suficiente, me volví a acercar y comenté que ya había hecho mis 100 repeticiones…

La respuesta está calcada de una escena de la película  “Karate Kid”. Mi “hermano mayor” me increpa: “¿…ya has hecho 100 repeticiones?, pero… ¿100 con cada mano?“.

Una vez más hice acopio de determinación y sólo añadí: “no, con cada mano aun no“. Así que me toco seguir solo con ese duro trabajo, que no conseguí terminar, simplemente porque se nos hizo tarde y nos marchamos todos a casa.

A pesar de la frustración “parcial” de ese día por su final, hubo dos puntos altamente gratificantes, el primero ser “objeto protagonista” de la aplicación de ciertas técnicas con potencia y efectos que yo pensaba que no existían más que en el cine y en segundo, que uno de mis “hermanos mayores” me propuso quedar los días que no entrenaba con el resto, los martes y jueves, para practicar los dos solos. Gracias a eso, aprendí la forma en “sólo” tres meses más, así como Sanshou. Además, los dos nos hicimos adictos a la práctica del tuishou, que no era el “plato fuerte” del entrenamiento por aquel entonces.

Sobre la forma, ya “contagiado” por el espíritu de las pasadas experiencias, tomé la decisión de no aprender la segunda y tercera parte de la forma larga (108 secuencias), hasta no haber repetido 1000 veces la primera parte. Así que cada día, mientra el resto practicaba sus tres formas seguidas, yo repetía 10 veces la primera parte. En poco más de tres meses, había conseguido mi propósito de las 1000 repeticiones y el pocos días más, completé el aprendizaje completo de la forma, que compaginaba con el aprendizaje del “Sanshou corto” que mis compañeros ya conocían y me estaban enseñando y con la del “Sanshou largo” que en ese momento Liu enseñaba a todos los alumnos. Desde luego, en ese tiempo, me despertaba pensando en el TCC y me acostaba con el TCC como último pensamiento.

Este régimen de entrenamiento empezó a dar sus frutos. En primer lugar, decidí entrenar cada día, de tal forma que me terminé levantando cada día una hora o algo más antes de lo necesario, para poder entrenar por las mañanas.

Gracias a ello, consolidé poco a poco ciertos logros, que por supuesto, nunca eran los que me habían interesado inicialmente y que se resistían a mis esfuerzos por dominarlos.

Noté que me ponía “mas fuerte” y con mucha vitalidad. Me sentía pletórico de fuerza y energía, tanto que la sensación de euforia era tal que me sentía con deseos de doblar vigas con los brazos y espalda o hacer otras cosas imposibles. También tenía la inexplicable sensación de que mis tendones se habían fortalecido en extremo.

Antes de empezar a entrenar, yo tenía dos “debilidades”. La primera era mi tobillo derecho, muy débil a causa de un esguince mal curado (por eso de no hacer caso sobre los reposos en la recuperación de lesiones)  y la segunda, el frío crónico de pies y manos en invierno.

Mi tobillo, que se torcía al menor traspiés, algo que era habitual que sucediera al menos una vez a la semana, dejó de molestarme “para siempre”, pienso que gracias a un duro ejercicio de postura fija, realizado en pie con los talones levantados (ligeramente de puntillas) que practicábamos a diario.

Respecto al frío, inicié mi aprendizaje a primeros del mes de Febrero, por lo que debido al frío reinante tenía los pies y manos siempre helados a pesar de los dos pares de calcetines que portaba y a los guantes que llevaba siempre puestos. Según avanzaba el tiempo, el clima mejoró con la primavera, con lo que de forma lógica el frío fue decayendo y con él, mis manos y pies helados retomaron el calor.

Al año siguiente, en invierno, un día en casa, me “enfadé” por el poco espacio para ropa que tenía en mi cajón y al hacer limpieza, saqué un montón de calcetines gruesos, pensando “¿pero para que demonios está esto aquí guardado y ocupando sitio?“. Sólo entonces me di cuenta que antes yo no podía salir de casa si no era con dos pares de calcetines gruesos, pero que ese invierno, no los había usado ni una sola vez. Y me di cuenta que mis manos, incuso en lo peor del invierno, estaban siempre calientes, todo lo más, con llevarlas metidas en los bolsillos del abrigo. Efectos que perduran incluso ahora, más de veinte años después, siendo la “calefacción de manos frías” para mi mujer y mi hija.

Como ya he comentado, acercarse al maestro Liu era complicado. En primer lugar estaba el hándicap del idioma. Liu no hablaba más que chino y un infame “chinglés” o “chininglish” con algunas palabras sueltas intercaladas en español (o eso pensaría él) bastante incompresible y además los compañeros que lo entendían, no eran muy dados a traducir más allá de lo que consideraban (de un modo bastante discutible) como “imprescindible”. Así que lo primero fue ponerme al día con mis estudios de inglés y adaptarlos al dialecto de Liu.

Luego estaban los compañeros “avanzados” que no permitían o al menos no facilitaban en absoluto el acercamiento.

Y para finalizar, estaban mis circunstancias personales. Por alguna razón, tal vez por mi afición incondicional y entusiasta por las aplicaciones marciales o por detalles de mi carácter, Liu estaba preocupado por que me metiera en peleas. Así que TODOS LOS DÍAS la vernos, lo primero que hacía era preguntarme “¿no te habrás peleado?“. Yo siempre le contestaba que no y el replicaba que “mejor así”. Del mismo modo, CADA DÍA al despedirnos, terminaba con a frase “que no me entere yo que te peleas“. Esta situación se prolongó durante todo un año, con una expulsión (que yo sepa, la única en la historia de nuestro grupo) hacia mi como alumno por parte de Liu, motivada por un malentendido con origen en el idioma, referente al uso “real” de la técnicas. Aunque esa historia la contaré en otra ocasión.

Gracias a mi deseo incondicional de aprender y al tiempo que le dedicaba, en un año, ya estaba consolidado como uno de los alumnos cercanos al maestro Liu y descubrí igualmente, que había cosas que el resto del grupo ignoraba. Por ejemplo, los Miércoles, tras el entrenamiento, el grupo al completo, terminábamos en una hamburguesería cercana donde compartíamos un buen rato con Liu. Durante ese tiempo, podía darnos información teórica sobre lo enseñado ese día, o contarnos historias sobre el TCC, o simplemente charlar “de cualquier cosa”. Pero después, un pequeño grupo le acompañaba hasta su casa…, o eso pensaba yo. La realidad es que al llegar a la altura de su domicilio, ese segundo y ya mucho más reducido grupo, formado sólo por alumnos muy cercanos, recibía una “segunda clase teórica” en un bar cercano, esta vez mucho más explícita y concisa y que podía prolongarse por más de dos horas.

También descubrí que los días de lluvia que en teoría no había clase (entrenábamos al aire libre), en realidad los alumnos que ya he mencionado, le visitaban y recibían más conocimientos en un círculo restringido donde la información fluía de forma continua.

He de decir que no era Liu quien determinaba que personas podían o no asistir a esas “teóricas”. Lo que si sucedía es que la presencia de alguien no “deseada”, se traducía en charla insulsa por parte de Liu, para desesperación de sus alumnos, siempre “hambrientos” de más conocimientos.

Algo que me sorprendía es que Liu decía en privado que muchas de las cosas que enseñaba, eran sólo para un grupo muy reducido de alumnos y que en China se enseñaba con grandes restricciones. De hecho nos comentaba que en el futuro, estas cosas no las debíamos enseñar nunca abiertamente, sino de un modo muy selectivo.

Yo extrañado, porque él enseñaba “todo” delante de todo el mundo, le hice comentarios al respecto. Sonriendo me dijo algo así como “no tiene importancia, sólo los que deban aprenderán“.

La razón de este comentario la entendí años después. Liu enseñaba, muy al contrario de lo que suele suceder con maestros chinos, a un ritmo desenfrenado. De hecho lo hacía al ritmo del más avispado y capaz. El resto, simplemente tenía que “ponerse las pilas” para estar al día. La única razón para parar de enseñar cada día era que todos se lo pidiéramos por “saturación absoluta”.  También es cierto que ese “chorro” de información, estaba restringido a los conocimientos y nivel que él quería transmitir en cada momento y que raramente se le escapaba información relevante sobre temas para los que no nos consideraba preparados. Aunque él tenía muy claro su plan de estudios, nosotros lo ignorábamos por completo y tan solo años después, analizando en perspectiva lo aprendido y como lo enseñó, entendí lo complejo de su metodología y sus “líneas maestras”.

Así las cosas, la mayoría aprendía y olvidaba en el día y tan sólo los que se dedicaban a entrenar de forma seria podían mantener el ritmo. Lo que sumado a que siempre omitía detalles teóricos sobre cada ejercicio que enseñaba y que sólo revelaba ante las preguntas “correctas” de los estudiantes o en las “teóricas secretas”, determinaba que de forma práctica, lo que enseñaba fuera a la postre “solo para unos cuantos”.

Otra anécdota que me reveló como eran las cosas, fue cuando en una ocasión, ya incluido en el grupo de alumnos serios, Liu me tomó para demostrar una técnica, en principio muy simple. Así, delante de todos, mientras agarraba mi brazo para efectuar una técnica de control muy básica, me presionó en un punto de presión del codo, mientras mirándome a los ojos me preguntaba “¿lo has entendido?“. ¡Me acababa de enseñar una “técnica secreta” ante todo el mundo!. De hecho y ante la simplicidad de la técnica “pantalla” utilizada, uno de esos alumnos que no destacaban por su compromiso ni seriedad hizo un comentario sobre “este hombre ya un tanto senil, que no se da cuenta que Antonio, eso ya lo domina“…

Claro que mayor fue mi sorpresa cuando mis “hermanos mayores” se me cercaron discretamente y me preguntaron “que que me había dicho/enseñado“. A lo que les comenté, aparte de que eran unos malnacidos, por no haberme hecho antes partícipe de esa clase de enseñanzas, que por lo visto (y a partir de ese día pude corroborarlo) eran habituales, que me había mostrado un punto de presión. También entendí, que puesto que cada vez elegía a uno distinto de entre sus alumnos para explicar ciertas cosas, el único modo de progresar era compartiendo todo lo que aprendía con mis compañeros y confiar en que ellos hicieran lo mismo, pues era la única manera posible de acceder a “todo” lo que Liu enseñaba,

Ese era el modo de enseñar de Liu. Todo a la vista, pero dentro de cada lección, se escondía una enseñanza paralela que aportaba una profundidad insospechada a cada elemento mostrado. Y este es el modo y circunstancias en que yo aprendí.

Con esta entada, doy por terminada la explicación sobre como enseñaba el maestro Liu, aunque seguiré con el “cómo y qué aprendí yo“. Quedan muchas historias y anécdotas por contar y según vaya escribiendo iré contando algunas. Otras quedarán donde deben, en el recuerdo que tengo de mi maestro durante el tiempo que pasamos juntos y en todo caso, en la intimidad que da estar sentado a una mesa con camaradas, hermanos de escuela y mis propios alumnos.

¿Y tú como aprendiste? I.

     Voy a empezar a contar como me inicié en el TCC y como aprendíamos con el Maestro Liu. Espero que ésto pueda ayudar a la hora de abordar el estudio del TCC para cualquier persona que se inicie. Y que además, mi historia resulte entretenida.

       En mi caso, encontré el TCC por casualidad ya que al terminar de correr los domingos por la mañana, solía ver a los que luego serían mis compañeros entrenando.

       Un día les vi practicar Tuishou (empuje de manos), algo sobre lo que ya había leído algunas artículos, pero siempre muy vagos, generalistas y mitificadores. Con esa “nebulosa” información de partida, acerca del “desarrollo de la sensibilidad, que conduce al practicante a las más altas cotas en el dominio del flujo de energía en un combate”, me quedé mirando por largo rato y de hecho, luego intenté copiar en casa con mi hermano lo que había visto y que desde luego  era una malísima copia de lo que realmente buscaba el ejercicio en cuestión.

     La cosa es que durante un tiempo, al terminar de correr, indefectiblemente me quedaba como una hora o más, mirando al grupo del maestro Liu.

     Finalmente, un día vi a dos alumnos entrenando San Shou (forma por parejas, altamente vistosa y que nuestro grupo realizaba a considerable velocidad) y me decidí a preguntar que que hacían y si uno se día apuntar.

      Me dijeron que era Tai Chi Chuan, “arte” sobre el que yo había leído algo y sobre el que tenía ya instalados-asumidos ciertos estereotipos. La primera “contradicción” que me encontré fue la corrección del maestro Liu a mi pregunta sobre si el TCC era un estilo para la salud y la gente mayor, a lo que respondió que no, que eso era “kung fu, fighting, very hard” (Kung fu, pelea, muy duro). Gracias a esa respuesta, contraria a lo que yo buscaba (una clase de gimnasia para mi madre), a la semana siguiente empecé a entrenar yo.

      Mis muy duros comienzos…

      La estructura de la case con el maestro Liu, era siempre la misma, primero “saludos”, luego una larga sesión de chikung en grupo, seguida por la práctica de dos técnicas distintas por parejas y para finalizar, forma en grupo. Ahora profundaré en como era todo esto y mi primera impresión.

       ¿Saludos?.

       La primera característica de Maestro Liu era la risa. Cada domingo un grupo de alumnos le recogía de su casa y le traía en coche hasta el parque de El Retiro. Y mientras esperábamos a que llegasen, normalmente escuchábamos sus carcajadas al acercarse con sus alumnos, antes de verle.

      Y luego el gran “choque”, cada alumno se acercaba a él y le daba dos besos en la mejilla ¿?. Lo peor es que me presentan como un nuevo alumno y él me planta los dos besos. Ni que decir tiene que viendo algunos de los alumnos, claramente afectados por el New Age y lo de los besos, uno pensaba de entrada en SECTAS. Pero claro, había otro grupo de alumnos, claramente adeptos al trabajo marcial, que no parecía encajar en esa categoría de ingrávidos candidatos a “carne de secta”.

       Lo cierto es que el tema de saludar con dos besos viene de un error por parte del maestro Liu y de su enfoque “tradicional” de la enseñanza. Él consideraba que todos sus alumnos eramos “familia”, él en su papel de maestro-padre y nosotros en el de alumnos-hijos. Tanto así que a menudo insistía en que deberíamos tratarnos entre nosotros como si fuéramos “hermanos”. Es habitual hablar o leer sobre dos personas que son “hermanos de escuela”. Para el Maestro Liu, eran más que palabras.

        A su llegada a España, fue recibido en el aeropuerto por su hija, yerno, sus dos nietos de corta edad y otras personas que supongo pertenecían a la familia de su yerno. Al llegar, su hija le dio dos besos, luego sus nietos,  alguna mujer de la familia del yerno y también este último. Así que el Maestro Liu se quedó con la idea de que en España se saluda a todo el mundo con dos besos y “traslado” esto al trato con sus alumnos.

      En varias ocasiones le hicimos ver que ésto de dar dos besos era sólo entre hombre mujer o entre mujeres, pero nunca entre dos varones. Pero el replicó que su yerno, sus nietos y otros miembros de la familia le saludaban con dos besos y no sólo las mujeres.

      Al replicarle que eso era sólo “aceptable” entre miembros de la familia, contestó muy ufano que “nosotros somos familia por el TCC”. Y de ahí no hubo quien le moviera.

        Una vez superada la fase de los “saludos”, todos nos poníamos en corro y realizábamos una sesión de Chikung y entrenamiento básico. El Maestro Liu no hablaba español, sino un rudimentario inglés que aprendió durante la II Guerra mundial, en su contacto con pilotos americanos. Por ello todo lo que decía o lo entendías o dependías de que algún alumno avanzado quisiera traducirte.

      Una particularidad en esta sesión es que los puestos más cercanos al Maestro Liu, estaban oficiosamente “reservados” a los alumnos más avanzados y cercanos. Por mi parte, me coloqué desde el principio en el punto más alejado que casualmente en un círculo, es justo enfrente, por lo que podía ver mejor que nadie lo que él hacía.

    En esa sesión, había una serie de ejercicios de respiración y movimientos de estiramiento, fijos en la rutina y luego otros que podían variar según Liu considerara oportuno. Por mi parte los traté como una peculiar sesión de calentamiento y acondicionamiento físico, sin entrar mucho en que demonios hacía.

      Esa sesión fue mi primer encuentro con el trabajo de posturas fijas (postura del jinete o Ma Bu), resultándome extraordinariamente duro, a pesar de que es seguro que no sobrepasamos en total los 15-20 minutos.

      Tras ésto, el maestro explicó dos aplicaciones a trabajar por parejas. La primera (si recuerdo perfectamente lo que aprendí el primer día), era una aplicación de “Tambien” (látigo simple), en la que ante ataque de puño, atrapabas el puño del agresor, y simultáneamente con la otra mano agarrabas su tráquea y le barrías la pierna adelantada con la tuya..

        La segunda, ante el mismo ataque, enlazaba un “Lü (girar hacia atrás), o lo que es lo mismo, agarrar el brazo atacante y tirar de él (bastante más complejo y sutil, pero en esencia eso), que se enlazaba con una llave de hombro. De esta segunda técnica, yo conocía ambas partes por experiencia previa así que centré en el encadenamiento de ambas.

        Tras su explicación dijo dos veces una extraña palabra que con el tiempo entendí que era “partner” (compañero). De repente, estampida. Un gran grupo, se pone a charlar quedándose en el puñetero medio y el resto empareja a toda velocidad. Yo me quedo “solo” porque todo el mundo me evita. Al final veo a otro que le pasa lo mismo y nos juntamos. Lo cierto es que en el grupo, a los nuevos no se les mimaba precisamente y nadie quería estar con un nuevo o con un compañero que no diera la talla, lo que explica que yo no encontrara a otro alumno “libre”, salvo otro en mi misma situación…

      Como es mi primer día y no sé que niveles de contacto o el modo de trabajar tenían en el grupo, decido que yo ataco primero y que el otro me realice la técnica. Me agarra el brazo, la garganta y ¡venga! patadón al gemelo.

Yo pensé “¡ah!, trabajan con contacto, pues vale…”. Cuando me toca, patadón (con cierto cuidado , eso si) al compañero, que se queja y me dice que el TCC es suave y que no nos pegamos, que además está lesionado… Yo iluso pienso, “pobre chaval, se le escapa una y mira lo que le hago”. Así que le tiro una “marcando”. En su siguiente repetición, me vuelve a arrear otro patadón. Yo le vuelvo a marcar. La tercera me repite el patadón así que me mosqueo pero no digo nada. De repente me suelta que me va a hacer una técnica que le ha enseñado su “maestro” de Grulla Blanca. Yo flipo y le digo que en la clase de un profesor, yo hago lo que me dice ese profesor y no lo que le enseñe otro a un compañero.

       Cambiamos a la segunda técnica, que no le sale pues ni se ha enterado, ni parece que el cerebro le de para tanto…. Así que ya mosqueado con un tipo que pega pero no quiere que le peguen y encima no sabe hacer las cosas, le encadené la técnica con una cierta intensidad, de forma que resulta proyectado, lo que llama la atención de algunas personas.

       En ese momento el Maestro Liu da por terminada la sesión de técnicas y pasamos a realizar la forma. Por mi parte, me queda claro por lo que he visto, que en el grupo hay gente muy hábil y que el hombre con el que he entrenado no lo es. En lo sucesivo, yo también lo evito como a la peste.

     Ahora todos a hacer a forma en grupo. No se lo que hago, y ando más perdido que un burro en un garaje. Al terminar todos aplauden ¿? (por suerte ésto desapareció con el tiempo, siempre me pareció algo grotesco y absurdo)  y el maestro Liu, junto con todos los “incordiantes” que durante el tiempo de entrenamiento de técnicas se dedicaron a hablar y estar por el medio, se van a una terraza situada a pocos metros.

       ¿Me habré colado en una peli de Jacky Chan sin saberlo?

       Mientras el resto se va a tomar unas cañas, el grupo de alumnos serios que ya voy reconociendo con claridad, se queda a trabajar tuishou (empuje de manos), Ta Lü. Sanshou (forma por parejas)…

       Me acerco a dos que hacen tuishou y les indico que es mi primer día, que que puedo hacer…

       Con cara de “¿a que viene éste a incordiar?” me dicen que practique “ponluichian”. Yo les comento que no tengo ni idea de que es eso. entonces, con evidente desgana, uno de ellos realiza un par de veces la secuencia “Lan Qe Wei” (acariciar la cola del pájaro) y me dice que lo entrene, dejándome con la palabra en la boca, mientras él vuelve a su trabajo.

        Yo me digo, “pues vale” y como buenamente puedo, repito la secuencia durante unos 10 minutos. Tras eso y viendo que nadie se preocupa por mi, me despido y me voy hasta el siguiente día.

       Al siguiente día de entrenamiento, ya más “precavido”, sigo el entrenamiento de chikung, para el trabajo de parejas intento encontrar a alguien “normal” y durante la forma, me sigo perdiendo como el día anterior.

        Al llegar al tiempo de “entrenamiento libre”, me acerco de nuevo a los del otro día y es pregunto que que puedo hacer. Me repiten con el mismo desinterés que “ponluichian”. Yo que aun no me he quedado con ningún nombre, les indico que no sé lo que es eso. Me lo muestran y les digo “¡Ah si, lo del otro día!” y lo repito ante ellos. por supuesto, todo son fallos y me los corrigen con bastante meticulosidad. Pienso: “Bueno, al menos me enseñan algo, aunque sean tan puntillosos”. Después de entrenar un rato sin que me miren, me despido otra vez y me voy a casa.

       Durante la semana y viendo el percal, empiezo a ser consciente de que si no haces bien lo que te han enseñando, no te van a mostrar otra cosa nueva, así que entreno todos los días un rato la secuencia que me han “adjudicado”, para que entonces, al hacerla “bien”, me enseñasen algo nuevo. De hecho recuerdo que el primer día que les pregunté qué era lo que practicaban, alguien me comentó sobre como progresar, que o entrenabas por tu cuenta todos los días, o no tenías nada que hacer. Yo pensé que estaban locos, ¡como si no tuviera yo otra cosa que hacer cada día que entrenar por mi cuenta!.  Por lo visto, resulta que esa clase de “locura” era contagiosa…

     Pero mi idea de que si entrenaba en casa y “ya me sabía” lo del día anterior, me enseñarían algo nuevo, no funcionó. Al pedirles el siguiente día que me indicasen que hacer y volver a mencionar ellos el dichoso “ponluichian”, les replico todo ufano: “Si, lo he estado entrenado en casa”, mientras se lo muestro. Los dos hacen un gesto de aprobación y me dicen, ¡muy bien!, pues nada, tú sigue…

     Dejando de lado mis impulsos de mentarles a la madre, me quedo en un rincón repitiendo lo que ya sabía… Y al día siguiente me ahorré el preguntar, directamente a practicar mi “ponluichian” del demonio, esperando que alguien se fijase en mi.

      Esto duró ¡TRES MESES!. Un día uno de los alumnos “serios” se acercó mientras yo seguía con mi serie y muy atentamente me preguntó:  “¿tú sabes ya como se hace Tsailiechoukao”?. Yo horrorizado por dentro pensando “¡nooooo, otros tres meses con otra maldita serie de cuatro movimientos!”, le repliqué que no, pero que me encantaría aprenderlo.

        Por supuesto desde ese día en casa entrenaba las dos series y al siguiente entrenamiento,  me disponía a ir directamente a mi rincón para seguir entrenando en mi triste abandono, pero no fue así. El mismo compañero del día anterior al principio y luego alguno más, se acercaron y a partir de ese día, en cada ocasión, me mostraban algo nuevo o entrenaban tuishou conmigo. Pero tuve mis tres meses de prueba “estilo peli de chinos”.

       Con el tiempo, me hicieron partícipe de las razones para tratar con tan poco “mimo”  a los alumnos nuevos y de porqué llegado cierto momento, decidieron que a mi merecía la pena hacerme caso.

      Esta actitud “hostil”  y de desconfianza hacia los nuevos estaba provocado y mantenido por los alumnos más cercanos que por un lado cerraban el acceso a indeseables que buscaban aprovecharse del Maestro Liu (algo que ya había sucedido poco antes de mi llegada) pero por otro, mantenían un egoísta monopolio sobre la enseñanza más valiosa del maestro.  Actitud ésta que al Maestro Liu no le hacía mucha gracia, pero que llevo un tiempo considerable reconducir a términos razonables.

(Continuará).