Visión de conjunto.

Hay un episodio de los Simpson, donde Bart recrimina al payaso Krusty varias cosas, entre ellas que su calculadora Krusty no tiene el número 9… Evidentemente hablamos de una calculadora no muy práctica.

En el mundo del TCC y de casi todos los estilos, tiendo a ver ese mismo problema con muchos programas de enseñanza y de entrenamiento. Si nos centramos en el TCC, lo que prima son las formas, tanto de mano vacía como de ciertas armas constatándose que las que exigen un cuerpo entrenado como el sable y sobre todo el palo o la lanza quedan fuera, cediendo su espacio a la espada, (que en realidad precisa de una habilidad extrema para ser funcional, pero se practica de un modo meramente ornamental en demasiados casos),  y sobre todo al abanico, sobre cuya muy reciente inclusión en el curriculum del TCC se podía discutir mucho.

La cuestión es que todas estas “formas” suelen carecer de un estudio simultaneo de su “función”. Parece como si las formas en si mismas tuvieran un sentido “místico”, cuando no son sino el índice de conocimientos a desarrollar por el practicante. Por supuesto que una enciclopedia sin índice se vuelve bastante inútil, pero un índice sin la enciclopedia a que hace referencia lo es aún más.

Hagamos una analogía. Imaginemos el curriculum del TCC como si fuera un mecano o un juego de Lego. Se compone de diversas piezas, que pueden unirse y relacionarse de diversos modos.

Todo el que haya jugado con estos juguetes, sabe que al ponerte a realizar un modelo, vas necesitando diferentes piezas, unas planas, otras en forma de bloque,  largas, cortas, grandes, pequeñas, poliédricas, cilíndricas… Puedes pasarte sin alguna pieza en particular y sustituirla por otra similar, pero definitivamente, una bolsa llena exclusivamente de piezas cuadradas, no da mucho juego.

También es evidente que dependiendo del tipo de construcción que vayamos a realizar, el tipo de piezas necesarias serán diferentes. Es decir, dependiendo de la función, los elementos varían y necesitaremos “modelos específicos-especializados”. Si haces un casa, necesitarás tejas, si haces un tren, raíles… Dependiendo de la función, necesitas ciertos elementos diferenciados.

¿Y cual es la función del TCC?. Debo de reconocer que si observamos la tónica general de práctica en nuestros días, la respuesta a esta pregunta para mi es un misterio. Por supuesto yo tengo claro que busco y razonablemente, que puedo obtener del TCC y cuales son las herramientas de que dispongo para conseguirlo.

Si no tienes un sistema de ejercicios que te entrenen de un modo “sencillo” en los principios de movimiento del sistema y lo has de conseguir sólo a partir del trabajo de forma, o eres un fuera de serie o sólo cosecharás errores. Si no acompañas el trabajo en solitario con el entrenamiento en parejas (tuishou, aplicaciones, san shou…), ¿como vas a comprobar si tu trabajo de forma es o no correcto?.

Pero más allá de contar con los elementos necesarios para desarrollar las habilidades propias del entrenamiento del TCC, se necesita otra cosa más, una visión de conjunto que armonice cada elemento del entrenamiento, cada “asignatura” con el resto.

Si no entendemos que cada movimiento de la forma, es LO MISMO, que cada movimiento en Tuishou, que cada ejercicio no es sino un ejemplo particular de un principio general, nos perderemos en una colección interminable de conocimientos inútiles.

Todo, absolutamente TODO lo que hacemos en TCC puede se analizado un día bajo la perspectiva de un determinado principio y al siguiente, sin variar nada, bajo otro diferente. Es la visión de conjunto que otorga esta manera de trabajar la que te permite llegar a algo mucho más interesante que “saber” TCC, el ENTENDER el TCC.

Cada elemento del curriculum es importante por si mismo y tiene un peso específico en la formación del practicante. Pero al extirparlo de nuestra práctica, no nos privamos sólo de lo que este elemento aporta, perdemos también el conjunto de relaciones que se crean entre ese elemento y el resto. Y eso es mucho más que lo que representa el elemento en si mismo.

Si volvemos al ejemplo de Lego, si perdemos ciertas piezas en nuestro juego, el modelo de la caja ya no podrá ser montado. Ésto, siendo grave, no nos impediría inventar otro modelo que funcionase sin dichas piezas. Pero sin el entendimiento de “qué es un juego de construcción” y de como se pueden relacionar las distintas piezas para formar un conjunto, no tenemos sino un curioso montón de piezas de plástico.

Intentemos poner un poco de visión de conjunto en nuestra práctica, sin olvidar que al final, lo importante es si conseguimos o no nuestro objetivo y si somos capaces de hacer funcionar nuestro TCC según la función que original o modernamente, le demos.

 

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Paradojas en la historia de estilo Yang

En primer lugar aclarar que yo soy practicante del estilo Yang, con lo que animadversión contra el sistema, muy poca.

Todo lo que sigue viene a colación del uso actual (y posiblemente también en el pasado) del “linaje” como escudo contra las críticas.

Un linaje solo indica que tienes un profesor que desciende de modo directo a través de un cierto número de generaciones, del fundador del estilo. Eso significa que ha tenido acceso a toda la información y conocimientos que atesora un determinado estilo, pero , ¿es eso necesariamente cierto?.

El estilo Yang aparece cuando Yang Luchan que había sido alumno de Chen Chanxing, maestro en la aldea de Chenjiagou, llega a ser instructor de la familia imperial y de su guardia. No existía en su época un reconocimiento mayor al que un artista marcial pudiera optar.

El caso es que el arte que aprendió Yang Luchan (no uso el término Tai Chi Chuan, pues este nombre sería adoptado varios años después en la corte a raíz de un comentario elogioso hacia Yang Luchan por parte un letrado de la época), salió de la familia Chen. Hay una cierta controversia sobre si Chen Changxing le enseñó el sistema de la familia o por contra otro estilo, o una versión propia del mismo influenciado por las enseñanzas de un maestro ajeno a la familia.

Tradicionalmente, se enseñaba sólo a la familia y por lo general, era el hijo varón mayor el que heredaba el estatus de “cabeza del estilo”, siendo el único que recibía sin ninguna reserva todo el conocimiento del anterior “guardián del estilo”. Que se enseñase a alguien ajeno a la familia era algo inusitado y que encima esa persona llegara a ser el referente a nivel nacional de dicho estilo, un fenómeno único.

El estilo Yang en su primera generación (Yang Luchan), genera varios “descendientes”. Los hermanos Wu, de Yongnian, que pronto de “independizan” de la familia Yang creando su propio estilo estilo (Wu-Hao), Quan Yu, cuyo hijo Wu Jian Quan, sería el involuntario fundador del estilo Wu, los propios hijos de Yang Luchan, Yang Panhou y Yang Chienhou…

Tradicionalmente, el estilo debería haber sido heredado por el hijo mayor de Yang Luchan, pero según distintas versiones, a la muerte de su padre prefirió dejar la práctica y vivir como agricultor. Otras versiones apuntan a que murió joven y lo más probable es que antes que su padre.

El siguiente “heredero” del estilo Yang sería el segundo hijo de Yang Luchan, el maestro Yang Pan Hou. Se sabe que a diferencia de su padre (Yang Luchan era analfabeto), recibió una esmerada educación, entre otros del alumno de su padre Wu Yuxian. Era sin duda el candidato idóneo para heredar el cargo de patriarca del  estilo, pero…

En primer lugar está la “molesta” figura del Quan Yu, un alumno de Yang Luchan, que por motivos protocolarios y para evitar que un simple guardia tuviera por “hermanos de práctica” a nobles miembros de la familia imperial, fue conminado a hacerse formalmente alumno del hijo de su maestro, Yang Panhou. Lo curioso es que está documentado que el propio Yang Panhou le recriminó a su padre haber enseñado demasiado a Quan Yu, pues enfrentados, éste le superaba en la práctica de tuishou. Sabiendo del irascible carácter de Panhou, es de imaginar que no se trataba de simples y amables empujoncitos…

Otra historia cuenta que a la muerte de Yang Luchan, uno de sus alumnos, continuador de la línea “Tai Chi Chuan Yang Imperial”  puso en duda el nivel de Yang Panhou, venciéndole.  Yang  Panhou habría pedido la tradicional revancha a los tres años, preguntándole entonces su adversario si había aprovechado el tiempo para entrenar y mejorar. Ante la respuesta enfadada y afirmativa de Yang Panhou, su rival simplemente habría saludado y declinado el combate llamando a Yang Panhou “maestro” aceptando con ello el estatus de patriarca del estilo para Panhou.

Al final, y pese a todas las circunstancias, el segundo hijo de Yang Luchan, Yang Panhou, habría sido el “cabeza del estilo” en la segunda generación de la familia Yang. Por ese entonces habrían surgido ya los estilos Wu-Hao (Wu Yuxiang, sus hermanos y sobrinos), el estilo Yang Imperial, ambos independizados por completo del estilo Yang y Quan Yu, como maestro del estilo Yang, bajo la autoridad de Yang Panhou.

En la historia de la segunda generación del estilo Yang hay otro personaje de vital importancia, Yang Chienhou, hermano pequeño de Panhou y también consumado maestro.

Al parecer el carácter de ambos hermanos era muy diferente. Panhou era brutal con sus alumnos, gustaba de pelear y en general, poco “amigable”. Tuvo un hijo y una hija de los que no hay demasiada información. Si sabemos que la hija fue gravemente herida (o muerta según versiones) por su propio padre durante un entrenamiento con lanza… Del hijo sabemos que murió relativamente joven. Con ésto el linaje y enseñanza de Yang Pan Hou habría pasado a alumnos ajenos a la familia o a sus sobrinos, en especial Yang Shaohou.

Por su parte, Yang Chienhou, tuvo bastantes alumnos, dado su carácter más abierto y amable. Se sabe que tenía tres hijos, falleciendo el mayor en vida de su padre, aunque casado y con dos hijas. De este modo, además de los alumnos ajenos a la familia, el estilo quedaría en manos de sus dos hijos, el segundo, Yang Shaohou y el tercero, Yang Chenfu.

De nuevo, y de modo “irregular” y contrario a la costumbre china, en la tercera generación se “salta” al hijo mayor Yang Shaohou, el cual habría sido  por lógica quien debía dirigir el estilo, sobe todo si tenemos en cuenta que era 21 años mayor que su hermano pequeño, que había tenido oportunidad de ser entrenado por su padre, por su tío y muy probablemente por su abuelo en su infancia.

Se sabe que Yang Shouhou no era una persona simpática. No aceptaba alumnos que previamente no hubieran sido instruidos por Wu Jian Quan o por su hermano Yang Chenfu. Era contrario a enseñar de forma abierta a cualquiera y tuvo pocos (y escogidos) alumnos, a los que enseñaba con rigor y dureza.

Sin embargo, no es el “cabeza de estilo” , el referente de la familia Yang en la tercera generación. ¿Por qué?. La primera razón es que no deja hijos, aunque si alumnos. La familia Yang entonces queda en manos de Yang Chenfu. Yang Chenfu, al contrario que su hermano, era una persona mucho más abierta y amable. Tuvo muchos alumnos y a la muerte de su hermano, todos le reconocían como el “mejor” del momento dentro de la familia y el estilo, aunque entre ambos había notables diferencias técnicas.

Para complicar aun más las cosas, cada uno del los maestros citados, creo sus propias versiones del estilo.

Yang Luchan practicaba la vieja forma, de la que hay pocos datos fiables. Yang Pan Hou desarrolló la “forma pequeña”, de posturas más altas y presumiblemente velocidad “rápida”. Yang Chienhou, desarrolló la “forma media”. De sus hijos, Yang Shaouhou, se especializó en la “forma pequeña”, influenciado por el trabajo de su tío Pan Hou, desarrollando una forma de entrenar “dura y corta”. Yang Chenfu se especializó en la “forma larga”, desarrollando un estilo suave y poderoso, aunque se sabe que practicaba otra forma “cerrada”, a velocidad rápida, es de suponer que similar a la de su hermano mayor.

Y pasamos a la cuarta generación. Y como es “tradición” en la familia Yang, al primer hijo nos lo saltamos.

Yang Shouzhong fue el hijo mayor de Yang Chenfu, su asistente y por lógica “heredero”. Vivió sus últimos años en Hong Kong donde enseñó su estilo a un pequeño grupo de alumnos. Sin embargo, a efectos “de linaje”, por razones no muy comprensibles, es su hermano pequeño y tercer hijo de Yang Chenfu, Yang Zhenduo quien dirige el estilo familiar en la quinta generación…, salvo porque un alumno de su padre (y también miembro de la familia, sobrino nieto de Yang Chenfu), el maestro Fu Zhonwen, también habría sido “heredero” del cargo de guardián del estilo, pasando el título a su hijo Fu Shenyuan.

Lo cierto es que Yang Zhengduo, apenas conoció a su padre (murió cuando tenía seis años), por lo que fue entrenado por su hermano mayor y por su “tío” Fu Zhonwen entre otros. En el caso de ambos, sus modos de ejecutar las formas y el resto de trabajos son muy similares. No sucede lo mismo con Yang Shouzhong, cuyo modo de practicar TCC sería notablemente diferente…

En todos los casos, las distintas formas de cada linaje, forma grande, pequeña y media, forma antigua…, son prácticamente la misma, aunque con modos de ejecución muy diferentes. Es más que probable que en realidad sean variaciones personales de cada uno de estos maestros al “especializarse” en un determinado modo o método de trabajo y entrenamiento y que aunque cada uno tuviera su especialidad, en realidad todos supieran y practicasen las otras variantes de sus familiares.

Estilo Yang auténtico…

El estilo Yang auténtico debería ser por lógica, en segunda generación el de Yang Panhou y continuar en la tradición de sus estudiantes. Es de suponer que eso sucede con sus sobrinos Shaouhou y Chenfu, aunque no deja de ser eso, una suposición ante la figura tanto del abuelo Yang Luchan, como de su padre Yang Chien Hou que habría desarrollado el “estilo medio” y que se supone habría influenciado también en mayor o menor medida a sus hijos.

En tercera generación, deberá ser Yang Shouhou el referente y su linaje continuado por sus alumnos, incluídos sus sobrinos…, aunque la familia en principio reniega de este dato, tomando a Yang Chenfu como único referente del estilo familiar.

En cuarta generación, tendríamos a Yang Shouzhong, cuyo estilo, según algunos estaría muy influenciado por el método de su tío Yang Pan Hou e incluía la forma forma rápida de su padre, y que era muy diferente del de su hermano Yang Zhenduo. Su curriculum sería en gran parte considerado como ajeno al de la familia por su hermano y “primo”. Quedan pues Yang Zhenduo y Fu Zhongwen, que una vez fallecido, dejaría el puesto a su hijo Fu Shenyuan.

Existen además otros miembros de la familia Yang que no llevan el apellido, por ser descendientes de las hijas de miembros de la familia y por lo tanto heredar el apellido de sus padres (Fu Shenyuan es uno de estos casos, pero no el único).

Determinar qué es y que no es “auténtico estilo Yang”, es como vemos algo complejo y problemático. Poseer un linaje es una primera garantía, pero no es para nada improbable que linajes “secundarios” puedan generar practicantes tan o más diestros en el TCC del estilo Yang que el de los linajes “oficiales” y desde luego igual de “puros” que éstos aunque tal vez no igualmente reconocidos.

Y por último recordar, que el linaje no te va a solucionar las papeletas que te mande la vida. Lo importante no es saber como te “apellidas”, sino si eres digno de ese apellido y si estás a la altura del mismo.

 

Invertir en pérdidas. El I+D del TCC

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El maestro Zheng Manqing (Chen Man Ching) insistía mucho en el concepto de “invertir en pérdidas“, animando a sus alumnos a no ganar a cualquier precio y perder con gusto antes que utilizar recursos ajenos a los que se utilizan en TCC.

Esta idea de invertir en pérdidas, me temo que se entiende muy mal.

Por un lado está el instinto de supervivencia que nos hace reacios a aceptar de buen grado la idea de derrota. Y para ser sinceros, si hablamos de un enfrentamiento real, lo de “invertir en perdidas” es una idiotez. En un enfrentamiento uno ha de intentar lo primero resultar indemne y justo detrás, no perder, al precio que sea, si es necesario contraviniendo los principios de sistema, pues los contravenimos. Entiéndase que hablamos de una situación real en la que nuestra integridad física está seriamente amenazada.

Por otro lado, en el entendimiento de “invertir en pérdidas”, se da con frecuencia una nefasta influencia ya sea del concepto cristiano de “ofrecer la otra mejilla” y “los justos serán recompensados en la otra vida“, o del concepto budista de “Karma“.

Demasiados piensan que uno “se deja ganar”, “no se resiste a la derrota” y de un modo místico, esotérico y sobre natural, se produce una manifestación de “justicia cósmica” y somos recompensados con la victoria, en respuesta a nuestra actitud resignada y no violenta.

Lamento tener que indicar a los “creyentes” que este salto esotérico es una necedad y “así” no se va a dar. No hay “recompensas divinas” en función de nuestra ciega adhesión a ideologías morales, que por otro lado poco o nada tiene que ver con el TCC.

Sin embargo, hay una serie de elementos físicos, reales y mundanos, ajenos a influencias celestiales, que si hacen uso del concepto de “invertir en pérdidas” y que de hecho son en el TCC la base estratégica de aprendizaje primero y de respuesta después, en una confrontación física.

Se suele decir que “no hay secretos” en el aprendizaje de un arte marcial, más allá de “entrenar mucho”. Bueno, si le añadimos “entrenar bien, siguiendo correctamente ciertos principios”, estaremos mucho más cerca de la verdad.

Si que hay “secretos”, aunque la mayoría de ellos es nuestra propia necedad quien nos impide descubrirlos. “Invertir en perdidas” es uno de ellos y la mayor dificultad que tenemos es entender que en TCC, SI debemos invertir en pérdidas para aprender a ganar primero y para GANAR en general. Y lo segundo que hay que entender es que no hay nada de espiritual, ético, divino o sobre natural en ello. Simplemente es UNA TÉCNICA  de aprendizaje y una estrategia de combate.

Entremos en materia práctica. Nuestro rival nos empuja (usaremos un ejemplo muy simple y de fácil repetición) en el pecho con sus manos. Pretende evidentemente desplazarnos y seguramente hacernos caer. Para ello nos empuja, nos mueve y simultáneamente, aunque no es objeto de su atención ni intención, él TAMBIÉN se mueve.

La primera respuesta que de forma innata todos usamos es resistirnos a su empuje, a su intención de movernos. Es mejor que permitir que logre su objetivo, que simplificando es hacernos daño, pero no es el modo más inteligente de conseguirlo.

Analicemos en fenómeno desde un punto de vista “no dual”. Frente a “TÚ me empujas YO intento impedirlo“, adopto otra actitud de “Tú te mueves y Yo dejo que NOS muevas“. Aquí la primera clave.

No impedimos que el rival nos mueva, pero si que nos unimos a su movimiento, de forma que pasamos de ser dos cuerpos que se oponen, a dos cuerpos en el que uno de ellos aporta la energía cinética necesaria para generar el movimiento de ambos.

Además, esta falta de oposición, genera con facilidad el que el rival se encuentre con que su cuerpo no ha recibido la esperada resistencia y por lo tanto se mueve de un modo que no responde totalmente a lo esperado.

Sólo ésto, ya genera una serie importante de oportunidades de respuesta. Además, no habremos invertido una significativa parte de nuestros recursos en anular los del rival.

Segunda clave, no impedimos su movimiento, pero si su objetivo. Al permitir que el rival nos empuje, debemos tener una actitud que diga algo así como “¿quieres avanzar en mi dirección?, pues pasa, pero sin que yo caiga“. Es decir, no le impedimos avanzar, no le impedimos que nos mueva, pero si evitamos que nos desequilibre. Para ello dejamos que nos desplace, pero trasformando por ejemplo traslaciones en giros, de modo que nuestro equilibrio y posición en el espacio no sea perjudicial para nosotros, pero si permitiendo que su energía cinética se invierta en movernos de un modo inocuo para nosotros. Es evidente que ésto no es fácil de hacer, pero la primera condición para lograrlo es tener una actitud poco beligerante con el movimiento y la fuerza del rival, ciñendo esta beligerancia a no permitir que dicha fuerza nos haga daño, pero si favoreciendo que nos mueva  A AMBOS.

Esta es la clave del “Hua Jing” o la habilidad de “neutralizar“.

Visto así, “invertir en perdidas” consiste en no esforzarse en impedir el movimiento del rival, sino muy al contrario, favorecerlo, con la salvedad de que mientras que el movimiento de su cuerpo en principio no será alterado por nuestra fuerza, el que la suya imprima al nuestro, si será modulado para hacerlo inocuo.

Es la actitud no beligerante lo más difícil de conseguir y en lo que debemos invertir considerable tiempo y esfuerzo para llegue a ser nuestra respuesta primaria y refleja ante cualquier fuerza que nos sea aplicada, ya venga en forma de empuje, intento de proyección, luxación, golpe… Aunque más que “invertir en pérdidas” tal vez el nombre correcto hubiera sido “invertir en la aceptación y la no beligerancia“. Sin embargo queda otro aspecto, altamente “secreto” porque depende de que el practicante acepte este primer aspecto de no beligerancia para poder ser utilizado y que justifica plenamente el nombre de “invertir en pérdidas“.

Volvamos a nuestro ejemplo del empujón. El compañero (ahora hablaremos del aprendizaje) nos empuja y debemos contrarrestar su técnica, partiendo de la no resistencia. Salvo por pura suerte, lo que va a suceder es que al no resistirnos, seremos duramente empujados.

Si caemos en la auto-trampa que nuestro ego nos tiene preparado, nos resistiremos en la siguiente ocasión y unido a esta resistencia, utilizaremos nuestra habilidad para intentar  generar una contra a su empuje. Y lo malo es que además, progresaremos bastante y lo lograremos en una más que razonable medida. ¿Malo?. Si, “malo” porque ésto nos cierra la puerta a conseguir un tipo de repuesta aun mucho más eficiente, que eso si, parte de la cesión y la actitud no beligerante frente a la fuerza del rival. Sin esa actitud, simplemente, no hay materia prima para  poder realizarla.

I+D

En una empresa, el dinero está en el departamento de contabilidad, pero desde luego, no es allí donde se genera, aunque sean ellos los que lo tienen y a quien se les pide cuando hace falta hacer frente a un gasto.

El departamento de ventas es el responsable de que el dinero llegue a la empresa, pero tampoco es en ese departamento donde se general la riqueza.

En producción se genera el producto y aunque es un departamento que “gasta”, evidentemente es el que “produce”.

No obstante hay otro departamento, que sólo genera “gastos” y es el de I+D. Ellos no producen, solo “piensan” y realizan caros prototipos que además, no son aptos para la venta directa. Y sin embargo son sus ideas y proyectos los que dan trabajo a producción, a ventas y finamente al departamento contable.

I+D no es rentable de forma inmediata, es una inversión que solo a medio y largo plazo devuelve (o no) la inversión los correspondientes intereses.

Invertir en pérdidas” es exactamente lo mismo. No es algo que puedas usar o que de rendimiento inmediato, pero es la base de de una gran riqueza técnica y de un profundo entendimiento del sistema.

Volvamos al punto en que nos han empujado y hemos sido desplazados de un modo “incómodo y no deseado” hasta un punto del espacio en que que no deseamos estar.

Una vez que ya me han desequilibrado y he empezado a volar, es cuando debo de ser inteligente y “estudiar” que ha hecho mi cuerpo en esas fases iniciales de su empuje. Por lo general, mi torso se inclina hacia detrás, arrastrando a mi cadera y salvo contadas excepciones, a una de nuestras piernas, que dependiendo de la intensidad, será seguida o no por la otra.

Ésto es “invertir en pérdidas”. Dejaremos que el compañero nos empuje muchas veces, pero nos centraremos en que está pasando en NUESTRO  cuerpo mientras somos empujados. El primer paso sería no permitir que nuestro torso se inclinase. Para ello hay que mantenerse derecho y permitir que su empuje nos mueva “en bloque” (con amplias matizaciones que son precisamente el objetivo del estudio), sin por ello resistirse. Eso genera que es ahora nuestra cadera y no nuestro torso quien recibe el grueso del impulso. Y aunque seguiremos siendo desplazados, ahora nuestro equilibrio ya no será tan afectado, pues al ser aplicado de forma final el empuje del rival, sin importar donde nos toque, cerca de nuestro centro de gravedad, el equilibrio se conserva con más facilidad.

Bien, nos empujan en el pecho, no nos ponemos rígidos y el esfuerzo se traslada  la cadera. Ahora lo usual es que una de nuestras piernas se ve arrastrada por la cadera. Podremos utilizar esa energía cinética aplicada para dar un paso en el que nuestro único esfuerzo es controlar donde y como queremos que caiga el pie. O incluso antes, sin dejar que se llegue a mover el pie, permitir que el empuje nos gire la cadera, cintura, torso…

Es el estudio del como perdemos, el que nos indica por donde la fuerza del rival puede y debe ser anulada. Si su empuje me lanza por los aires y mi pie derecho fue el primero en despegarse del suelo, debería haber cedido en mi cadera derecha, permitiendo que el empuje del rival la mueva (no anticipándome sino adhiriéndome a su empuje) o dejando que ese empuje me inicie el paso correspondiente con el pie derecho.

En definitiva, recibo un montón de empujes y permito que me “ganen” porque es en el estudio de la correspondiente derrota donde puedo encontrar la respuesta más económica y demoledora de la técnica del rival. Por el mismo sitio que “entra” su técnica, el rival abre una puerta a nuestra contra, pero si nos enfrentamos a la misma, esa puerta como tal, no llega a abrirse.

Sobre las “puertas”, cada vez que atacamos, nos descubrimos. E incluso aunque no ataquemos y estemos en guardia, siempre hay “puertas” por las que el rival puede atacar. Uno intenta mantener “cerradas” las que el rival quiere utilizar a su favor y deja “abiertas” aquellas que cree no son vulnerables en un determinado momento, porque no es posible cerrar todas simultáneamente.

Pero hay algo que yo al menos no he conseguido y es cerrar la puerta que implica mi ataque. Cuando atacas, creas una “puerta”, en un sentido más amplio que el simple “hueco por donde te pueden pegar” y que permanece abierta hasta que terminas tu técnica o el rival te cierra al tratar de impedir tu ataque.

“Invertir en pérdidas” te enseña a estudiar el como anular la técnica del rival, a como dejarle abierta esa “puerta” que corresponde a su ataque durante más tiempo y a como utilizarla. Y al no “resistirte”, la “puerta” asociada a tal resistencia, que tu rival espera y conoce, no la “abres”.

Pasa algo muy curioso. Al poco de empezar a actuar “invirtiendo en pérdidas”, ya no pierdes (no tanto como si te resistes y desde luego mucho menos que al iniciarse en el método). Por el contrario y sin casi esfuerzo, es el rival el que va cayendo en su propia trampa. En muchas ocasiones parece que el rival colabora para perder y en cierto modo nuestra falta de resistencia activa a su movimiento, hace que eso sea lo que sucede. Y da la impresión de que sin fuera, sin esfuerzo, sin intención y sin beligerancia, tú ganas y él pierde.

Es evidente que “la justicia del universo” no te defiende. Eres tú con tu técnica y estrategia lo que explica la victoria o la derrota, pero admito que la aparente “desgana” con la que se enfrenta uno a la técnica del rival, puede dar esa impresión, no sólo a quien lo ve, sino a los los rivales y al propio practicante.

Yo siempre animo a mis alumnos a que ante una técnica del rival que en un momento dado les supere, sin importar si era una buena o mala técnica, pierdan “a gusto” y estudien el proceso de pérdida, que “inviertan en ello” y le encuentren la salida. De ese modo la técnica “pobre” del rival la reconocemos y aprendemos a tratarla con mayor facilidad y por contra, ante una técnica de superior calidad, por un lado y mediante el ingenioso método de perder contra ella muchas veces, se la “robamos” al rival que ya sea de buen grado o sin darse cuenta “nos la enseña” y por otro, gracias al mecanismo de “invertir en pérdidas”, aprendemos a neutralizarla. Doble ganancia por una misma “inversión”.

Al igual que el I+D es una actitud empresarial que a corto plazo implica inversión y que sólo da beneficios a medio o largo plazo, despreciada por los amigos del “pelotazo”, pero por contra, el foco de las grandes y más pujantes empresas, “invertir en pérdidas” es una actitud de practicantes inteligentes que saben sacrificar el ego y sus puntuales victorias de hoy en aras de las victorias y el progreso de larga duración y permanencia, del constante desarrollo para mañana.

Energía interna.

Aquí estamos ante otro de esos temas que siempre resultan complicados y polémicos.

La “energía interna” o más apropiadamente “Chi” cuando hablamos de TCC, son términos propios de a cultura china y en general oriental, que no tienen traducción directa en la actual cultura occidental.

No la tiene, entre otras cosas, porque es un término enormemente genérico, que se usa para denominar a demasiadas cosas, muchas de las cuales si tienen traducción directa a nuestro idioma y además, están claramente diferenciadas entre si.

Las palabras nacen con la necesidad de denominar a todas las cosas y diferenciarlas. El concepto de “chi”, según mi impresión, nace de la necesidad de darle nombre a unas sensaciones subjetivas, fruto de ciertas prácticas y experiencias.

Aunque estas sensaciones son subjetivas, si es cierto que se repiten de un modo bastante similar en todas las personas que experimentan con el mismo tipo de prácticas, lo cual nos lleva a pensar que hay una lógica en creer que existe “algo” que las genera y es común y compartido en todas esas experiencias. De ahí a ponerle un nombre, hay un solo paso y en el idioma chino ese es “Chi” (Qi en Pinyin).

La “energía interna” es algo muy simple, cuando posees un control superior sobre tu cuerpo, empezando por un elevado nivel de consciencia corporal, eres capaz de optimizar todos los recursos que tu cuerpo precisa para realizar una acción. Y me refiero a “algo” que excede al simple control del movimiento y destrezas de equilibrio, elasticidad , velocidad y fuerza, más que nada por que la consciencia corporal que nos ocupa, te permite usar recursos que por lo general no son de carácter “voluntario”.

Esa “energía interna” tiene mucho que ver con el uso de mecánicas corporales y de mecanismos neuro-musculares que no son innatos, sino que deben ser desarrollados, por caminos, además, que muchas veces resultan un tanto desconcertantes.

Pero de momento, de “Chi” no hay nada. Bien, al poner énfasis en formas de entrenamiento introspectivas, uno pasa a darse cuenta que bajo las sensaciones evidentes asociadas a una acción, hay otras, más “apagadas” en principio, pero que nos proveen de la capacidad de reconocer en mayor profundidad la calidad y cualidad de cada movimiento o acción, ya sea física o del plano mental.

Este conjunto de sensaciones, en el ámbito del TCC, se asimilan con una sensación de flujo en el movimiento y de plenitud en otras circunstancias. Y así como se activan en el movimiento y mediante un trabajo intenso de introspección, llegamos a ser conscientes de las mismas, una vez descubiertas y potenciadas, experimentamos que dichas sensaciones no son absolutamente dependientes del movimiento, sino que pueden ser activadas simplemente con la intención.

El siguiente paso es darse cuenta que si bien el movimiento físico fue el que inició este tipo de sensaciones, una vez conscientes de las mismas y adquirido cierto control, pueden ser ellas el motor del movimiento y no una simple consecuencia del mismo. Pasan de ser un efecto, a ser “la causa”.

Por supuesto, todo esto puede ser explicado como una simple alteración de la percepción, que en cualquier caso lo es, pero nos lleva con facilidad a pensar que pueda tratarse de un tipo de “sustancia inmaterial”, puesto que no hay forma de analizarla, o influidos por esa característica, un tipo de “energía” de naturaleza indeterminada pero “innegable”.

¿Innegable?. Lo cierto es que lo que no se puede demostrar, tampoco se puede afirmar. Puesto que que el “Chi” no tiene forma alguna de ser medido y que todos los intentos en esa vía, proporcionan en el mejor de los casos resultados muy parciales que no explican el total de fenómenos y sensaciones que se le adjudica a este concepto, llevan a ser cautos a la hora de afirmar que el “chi” existe como algo material. Del mismo modo, puesto que las sensaciones y experiencias se repiten, no podemos dejar de pensar que “algo debe de haber”.

Mi punto de vista al respecto es muy pragmático. Ni se que es exactamente el “Chi”, ni se si existe o es una mera alteración de la percepción, ni me importa. Lo único que me importa es que utilizando ese concepto, puedo acceder  ciertas habilidades que desde luego si que son “reales”. Fuera de esto, discutir sobre la existencia del “Chi” es una pérdida de tiempo que podrías emplear en algo más útil, pues no es previsible llegar a ninguna conclusión tajante.

Sin embargo, si practicas TCC, es igualmente absurdo negar el concepto del “Chi”, pues es la clave de muchas materias. Lo más simple es usarlo y disfrutarlo. Y resto, se lo dejamos a los filósofos.

La duda metódica.

Hablando con un alumno me comentó hace unos días que desde hace un tiempo, vive en un cuestionamiento permanente con todo lo que hace y que cada cosa que aprende le sugiere nuevos interrogantes.

¡Pues me alegro!, eso significa que hago bien mi trabajo.

Recuerdo que una de las últimas lecciones que recibí de mi maestro, versaba sobre un concepto un tanto “sutil” del TCC, el “Chan Se Ching” o “Potencia de enrollar seda”. Mi maestro, ante mi pregunta, realizó una pequeña sección de la forma, pormenorizando como se expresaba dicha potencia en cada movimiento. Al detenerse le pregunté: “¿y lo que sigue?”. A lo que me contesto con un rotundo: “¡Eso lo estudias tú, que para algo tienes cerebro!”. Aunque recuerdo perfectamente lo que me mostró, años después, en base a mi experiencia, he ampliado enormemente, tanto los detalles específicos que me mostró, como, y esto  mucho más importante, los que no mostró y yo he ido descubriendo con a práctica.

Existe una tendencia lógica en principiantes, a perseguir que nos den todas las respuestas a todos los problemas y cuestiones. Es evidente que un principiante, no tiene herramientas para analizar posibles opciones y variantes y que sus dudas suelen ir en el camino de “ésto es así, si o no?. Es evidente que en esa fase, la propia naturaleza de la duda, permite respuestas “tajantes” y que no dejan lugar a dudas.

Pero cuando un practicante empieza a madurar, sus dudas pasan a tener un aspecto más sutil y complejo y el maestro o profesor, sólo puede dar indicaciones al respecto, pero no puede dar respuestas tajantes, por la simple razón de que no existe tal respuesta “definitiva”.

Cuando aprendes una forma, la misma “es como es” y no debes cambiarla, sino realizarla según el patrón que la determina. Sencillamente, si no se mantiene una mínima actitud estandarizadora, no hay modo de transmitir el núcleo de conocimientos. Sin embargo, lo que en su inicios es un “rígido contenedor”, cuando se profundiza en el estudio, se transforma en una interminable colección de posibilidades de uso diferentes.  Y éstas, varían de persona a persona. Aunque todos hacemos “lo mismo”, ninguno lo hace igual al resto. Físicamente, porque unos somos más altos o bajos, grandes o pequeños, rápidos o lentos, fuertes o menos fuertes… y eso determina como usamos las diferentes herramientas de las que disponemos.

Hay que asumir que “siempre queda mucho más por descubrir”. Ese es el camino para la constante mejora y si nos dejamos llevar por el “eso yo ya lo sé”, podemos tener la absoluta certeza de que en efecto, eso es todo lo que vamos a saber.

Pagando la deuda.

Hace unos días me sucedió algo que me produjo una gran alegría, pues me reafirma en mi compromiso con el TCC.

Charlaba sobre la enseñanza del TCC y su difusión con una amiga, practicante de TCC desde hace ya más de una década, sobre las dificultades que tiene el alumno para integrarse en una escuela y “hacerse un sitio en la misma”.

Yo a ella la conocí como “nueva alumna” en el grupo en que que por aquel entonces estudiaba y del que en cierto modo era uno de sus “impulsores” y estudiante “avanzado”. Como tal, a mi la integración y consolidación de un “estatus” no me supuso problema alguno y en comparación con lo “árido” de mis comienzos, consideraba que los nuevos alumnos lo tenían todo muy fácil.

Sin embargo, ella me cuenta ahora, casi una década después, que tenía la impresión de estar en un círculo extremadamente alejado del foco de la enseñanza, ante la indiferencia de sus compañeros más avanzados que acaparaban toda la atención y enseñanza del maestro.

Todo esto, por supuesto, no tiene nada de positivo y habla de lo importante que es atender, al menos en cierto grado, a los nuevos alumnos y  proporcionarles las claves para que “encuentren su sitio” en el seno de un grupo.

La parte “bonita” de esta historia es cuando me comentó que en sus inicios se sentía perdida, sin que nadie le hiciera caso…, nadie excepto  yo, que según me cuenta, me acercaba regularmente a interesarme por lo que estaba entrenando en cada momento y a darle consejos al respecto. Me confesó que una de las razones para no abandonar, fue precisamente la atención que yo le prestaba. Y puesto que ella es hoy quien es, doy fe de que fue un tiempo bien empleado.

Cuando yo comencé en el TCC, tenía unos objetivos bastante simples, aprender un arte marcial. Y en principio lo hacía desde la óptica occidental de la economía de mercado. El alumno paga por sus clases y el maestro le enseña.

Sin embargo, las cosas no eran/son así.

Lo primero fue darme cuenta que los conocimientos que me daban, no tenían precio y que la cuota mensual, cubría el tiempo empleado, pero no lo enseñado. La cuota pagaba su tiempo, pero mi sudor es el que pagaba su conocimiento. Mi maestro no miraba el reloj a la hora de enseñar, no escatimaba enseñanzas, salvo con un único criterio, si el alumno podía o no entenderlas. Y de hecho frecuentemente nos increpaba que él estaba esperando que nosotros alcanzásemos determinado nivel para poder pasarnos muchas cosas que nos tenía reservadas, pero que precisaban ciertas condiciones previas de maduración del estudiante.

EL Maestro Liu, siempre enfocaba sus clases al nivel de los alumnos más avanzados. Pero en una ocasión nos advirtió muy seriamente que ésto sólo era posible si nosotros por nuestra parte le ayudamos con los nuevos alumnos y éramos consecuentes con el papel de “hermanos mayores” que se nos había adjudicado. En caso contrario él tendría que dedicarles más tiempo a ellos en detrimento del que nos dedicaba a nosotros.

Con esa premisa, yo siempre “recibía” a los nuevos alumnos. Me ponía un día con cada uno de ellos cuando ya llevaban unos días de “rodaje” y les ayudaba y aconsejaba sobre como hacer las cosas. Si el nuevo alumno daba muestras de interés y luego intentaba poner en práctica lo que se le mostraba, yo les seguía ayudando. En caso de tomarse el aprendizaje como un mero pasatiempo,  yo obraba en consecuencia y limitaba la relación personal al ámbito social, pero no me preocupaba en absoluto por su aprendizaje, exactamente lo mismo que hacía el propio interesado.

Liu nos hablaba en alguna ocasión de que él se daría por satisfecho si conseguía enseñar a un solo alumno. Desde luego supongo que se hubiera sentido mucho más satisfecho si lograse enseñar de un modo completo a varios. No obstante, durante bastante tiempo me intrigó esa frase, puesto que él enseñaba a todos con auténtica dedicación y gusto. ¿Por qué esa preocupación de enseñar al menos a uno?. Lamentablemente llegué a comprenderlo más tarde.

Cuando el maestro Liu prácticamente agonizaba (creo recordar que  lo que voy a contar sucedió menos de una semana antes de su fallecimiento), fuimos varios a visitarle a casa de su hija, donde pasó sus últimos días. Sentado en un sillón y casi sin fuerzas, me dio la última lección técnica que recibiría de él, sobre las fuerzas “Kai-He”, (Abrir y Cerrar).

Es evidente que en su estado, nada podía hacer pensar en obligación alguna por su parte para hacer el menor esfuerzo, mucho menos por enseñar a esas alturas. ¿Que precio tiene esa lección?. NADIE tiene bastante dinero como para pagarla, yo no lo tuve nunca ni lo tendré para pagarle a mi maestro y nadie lo tendrá para pagarme a mi por transmitirla. Sin embargo la recibí y forma parte de la inmensa deuda que contraje con mi maestro. Al ser depositario, de la parte que sea, del saber que él transmitió y que es evidente que nunca llegué a “pagar” en su justo precio, sólo me queda una forma de quedar en paz. Transmitir yo lo que aprendí y de ese modo devolver lo que recibí.

Esa consciencia de como “quedar en paz”, me reveló que al maestro Liu le pasaba algo similar. Cuando nos hablaba de su padre, siempre comentaba el increíble nivel que tenía y como él no era más que un pobre sucesor del mismo (de hecho, tenía incluso una “frase hecha” respecto a su propio nivel). Creo que él también se sentía en deuda con sus maestros y que enseñando, era del único modo que dicha cuenta podía saldarse.

El dinero, no tiene nada que ver en esta ecuación. La gente paga para aprender, pero la enseñanza que algunos han recibido, no pasa por un mero intercambio comercial. Pasa por la adquisición de un compromiso, no público, ni siquiera necesariamente declarado, de ser un eslabón más en la transmisión de conocimiento y pasarlo a la nueva generación.

Por eso, cuando esa amiga me comentó que gracias a mi atención hace un decenio, ella no abandonó, siento que mi deuda es ahora un poquito menor.

¿Y tu como aprendiste? II.

Recordando mis inicios, hay otra cosa de mi primer día que definitivamente me decidió a continuar.

Al ser presentado al maestro Liu como nuevo alumno y mientras el resto de compañeros iban llegando, el maestro que estaba comentando algo que no entendí por cuestiones de idioma, me pidió que le lanzará un puñetazo. Cuando me tradujeron, un poco cohibido (Liu contaba por esos días 75 años), le lancé un puño a la cara con poca intensidad, que él atrapó y mantuvo agarrado sin el menor problema. Con un “another one” me increpó para que le diera otro, así que lancé otro golpe con mi brazo libre, esta vez más rápido y fuerte. Nuevamente, lo atrapó con su otro brazo y tirando de ellos me acercó a su cuerpo. Y entonces, sin realizar el menor movimiento de cadera o pies, “sacó tripa” golpeándome con la misma y lanzándome a más de dos metros de distancia. En esta técnica, para el “golpe” no intervinieron ni sus brazos, ni sus piernas, ni cadera…, Simplemente “metió tripa” y luego la “sacó” bruscamente.

Esto tuvo varios efectos. El primero, aparte de ser lanzado por los aires, todo sea dicho, sin sufrir el menor daño, fue el evidente estupor que surgió en mi cara, mientras decía algo así como: “pe, pero…, ¡no es posible!, ¡pero si me ha golpeado sólo con el vientre!…“.

El segundo fueron las carcajadas de todos los presentes, tanto por la increíble técnica que habían presenciado, como por mi cara y comentarios.

El tercer efecto fue “convencerme” de que allí había cosas que merecía la pena aprender. Al respecto de la técnica que había experimentado, Liu me contó algún tiempo más tarde que se tratada del “Hama Kung” o “Kung fu del Sapo”, entrenamiento que permitía recibir golpes en el vientre “devolviendo” la fuerza del mismo al atacante, de forma que éste salía rebotado hacia atrás o si se hacía con peores intenciones, dislocando o incluso rompiendo la muñeca del agresor.

También nos contó que este “truco” lo usaba últimamente con mucha frecuencia. Se colocaba a uno de su nietos sobre el viente, mientras él estaba tumbado en una cama y los lanzaba por los aíres elevándolos más de medio metro, para entretener al crío que disfrutaba de lo lindo.

Al preguntarle como lo aprendió, nos contó otra de aquellas historias que tanto nos gustaba escuchar. Al parecer, conoció a un experto que le presentó el método. Liu no estaba seguro de que realmente se pudiera desarrollar una habilidad útil, así que el maestro le presentó  una alumna y le conminó a golpearla en el estómago. Liu, reacio a pegar a una mujer y preocupado, pues tenía una fuerza más que notable, se negó y el maestro le indicó que si era capaz de tumbar a la chica, “podía casarse con ella” (tengo la impresión de que era una forma “educada” de decir que se podía acostar con ella con el beneplácito del maestro y de hecho, es una frase que utilizó en alguna otra ocasión e historia).

Finalmente, Liu golpeó a la muchacha, que no solo no resultó afectada por el mismo, sino que le mandó volando por los aires. Nunca contó más sobre el tema, pero doy fé que aprendió el método…

Según pasaba el tiempo durante mi aprendizaje, poco a poco fui descubriendo que en el seno del grupo, había ciertas cosas que no eran para nada “públicas”. Una de ellas era que los alumnos más serios quedaban para entrenar entre semana (las clases con el Maestro Liu eran los Domingos por la mañana y los Miércoles al medio día). Este entrenamiento era algo absolutamente privado y al que sólo se podía acceder por invitación expresa de alguno de sus miembros y por supuesto, previo consenso de resto.

Yo intuía, más allá de los rumores que escuchaba,  que esto ocurría tal y como se contaba, pues al vivir cerca del lugar donde entrenaban (Parque de El Retiro), en alguna ocasión les vi practicar en horas y días diferentes a los de las clases , siendo en todas esas ocasiones recibido mi saludo y presencia de forma bastante “seca” y poco amistosa.

La cuestión es que pasados unos meses desde mi inicio (calculo que entre cuatro y cinco), me invitaron a entrenar con ellos cada Lunes y Viernes por las tardes. El entrenamiento era bastante largo, pues empezábamos según temporadas, entre las tres  y las cinco de la tarde prolongándose hasta las ocho y media. Así que cada día de entrenamiento suponía de tres a cinco horas, sin prisas pero con pocas pausas.

Mi primer día de entrenamiento “a puerta cerrada” yo estaba emocionado, pues preveía que por fin empezaría a entrenar Tuishou (empuje de manos) y Sanshou (forma por parejas), además del trabajo habitual, que ya conocía y realizaba de Ejercicios, Chikung y lo poco que sabía hasta ese momento de la forma. Por supuesto, la realidad fue otra, nuevamente inspirada en el cine marcial.

El entrenamiento comenzó con una serie de Chikung similar a la que realizábamos en las clases de Liu, luego Tai Chi Sao (ejercicios de acondicionamiento específicos para el TCC de nuestra escuela, con énfasis en la postura fija), repetición de las técnicas por parejas de la anterior clase (creando variantes que surgían de la propia práctica) y repetición de la forma larga tres veces. Luego llegaba el trabajo de Tuishou y Sanshou.

Me sumé “a todo”, de hecho en el entrenamiento de técnicas recibí un “kao” (golpe de hombro) que estuvo a un tris de lanzarme a un estanque cercano y una proyección que literalmente, me lanzó por los aires de un modo que yo pensaba que sencillamente no podía existir. Ésto generó las protestas del que llegaría a ser “mi hermano mayor” de por vida, que consideraba que había algo más que un cierto abuso en los golpes y trato que recibí ese día y que algunos me estaban usando para poner a prueba si realmente las técnicas les funcionaban. Por mi parte, aunque físicamente “tocado”, lo que me marcó fue ver en mis compañeros esa capacidad y “poder”.

Así, estaba  dispuesto a todo por aprender, pero para mi pesar al llegar el momento de practicar Tuishou y Sanshou, eramos impares y además yo no conocía la serie ni los patrones de tuishou…, así que me dice uno de mis compañeros: “…mientras nosotros entrenamos Sanshou, tú practica el “C” de “cepillar rodilla“…”. Éste es un trabajo de base repitiendo un movimiento de la forma, en postura fija con los pies juntos (A), , luego lo mismo, pero en postura del jinete (B) y por último en movimiento con pasos (C).

Yo, ingenuo, pregunté que cuantas repeticiones. El compañero me dijo que lo hiciera “100 veces”. Lo cierto es que en clase con Liu, nunca repetíamos más allá de 36 veces este ejercicio, entre otras cosas por lo duro que era  y porque lleva un buen rato realizar esas “100 repeticiones”. Cuando el compañero me dijo ese número, yo pensé : “…lo mismo podrías haberme dicho que lo haga 1000 veces…”. Pero en fin, me puse a ello y conté. Para mi sorpresa pasaba el tiempo y llegué a los 100. Pensando que ya era más que suficiente, me volví a acercar y comenté que ya había hecho mis 100 repeticiones…

La respuesta está calcada de una escena de la película  “Karate Kid”. Mi “hermano mayor” me increpa: “¿…ya has hecho 100 repeticiones?, pero… ¿100 con cada mano?“.

Una vez más hice acopio de determinación y sólo añadí: “no, con cada mano aun no“. Así que me toco seguir solo con ese duro trabajo, que no conseguí terminar, simplemente porque se nos hizo tarde y nos marchamos todos a casa.

A pesar de la frustración “parcial” de ese día por su final, hubo dos puntos altamente gratificantes, el primero ser “objeto protagonista” de la aplicación de ciertas técnicas con potencia y efectos que yo pensaba que no existían más que en el cine y en segundo, que uno de mis “hermanos mayores” me propuso quedar los días que no entrenaba con el resto, los martes y jueves, para practicar los dos solos. Gracias a eso, aprendí la forma en “sólo” tres meses más, así como Sanshou. Además, los dos nos hicimos adictos a la práctica del tuishou, que no era el “plato fuerte” del entrenamiento por aquel entonces.

Sobre la forma, ya “contagiado” por el espíritu de las pasadas experiencias, tomé la decisión de no aprender la segunda y tercera parte de la forma larga (108 secuencias), hasta no haber repetido 1000 veces la primera parte. Así que cada día, mientra el resto practicaba sus tres formas seguidas, yo repetía 10 veces la primera parte. En poco más de tres meses, había conseguido mi propósito de las 1000 repeticiones y el pocos días más, completé el aprendizaje completo de la forma, que compaginaba con el aprendizaje del “Sanshou corto” que mis compañeros ya conocían y me estaban enseñando y con la del “Sanshou largo” que en ese momento Liu enseñaba a todos los alumnos. Desde luego, en ese tiempo, me despertaba pensando en el TCC y me acostaba con el TCC como último pensamiento.

Este régimen de entrenamiento empezó a dar sus frutos. En primer lugar, decidí entrenar cada día, de tal forma que me terminé levantando cada día una hora o algo más antes de lo necesario, para poder entrenar por las mañanas.

Gracias a ello, consolidé poco a poco ciertos logros, que por supuesto, nunca eran los que me habían interesado inicialmente y que se resistían a mis esfuerzos por dominarlos.

Noté que me ponía “mas fuerte” y con mucha vitalidad. Me sentía pletórico de fuerza y energía, tanto que la sensación de euforia era tal que me sentía con deseos de doblar vigas con los brazos y espalda o hacer otras cosas imposibles. También tenía la inexplicable sensación de que mis tendones se habían fortalecido en extremo.

Antes de empezar a entrenar, yo tenía dos “debilidades”. La primera era mi tobillo derecho, muy débil a causa de un esguince mal curado (por eso de no hacer caso sobre los reposos en la recuperación de lesiones)  y la segunda, el frío crónico de pies y manos en invierno.

Mi tobillo, que se torcía al menor traspiés, algo que era habitual que sucediera al menos una vez a la semana, dejó de molestarme “para siempre”, pienso que gracias a un duro ejercicio de postura fija, realizado en pie con los talones levantados (ligeramente de puntillas) que practicábamos a diario.

Respecto al frío, inicié mi aprendizaje a primeros del mes de Febrero, por lo que debido al frío reinante tenía los pies y manos siempre helados a pesar de los dos pares de calcetines que portaba y a los guantes que llevaba siempre puestos. Según avanzaba el tiempo, el clima mejoró con la primavera, con lo que de forma lógica el frío fue decayendo y con él, mis manos y pies helados retomaron el calor.

Al año siguiente, en invierno, un día en casa, me “enfadé” por el poco espacio para ropa que tenía en mi cajón y al hacer limpieza, saqué un montón de calcetines gruesos, pensando “¿pero para que demonios está esto aquí guardado y ocupando sitio?“. Sólo entonces me di cuenta que antes yo no podía salir de casa si no era con dos pares de calcetines gruesos, pero que ese invierno, no los había usado ni una sola vez. Y me di cuenta que mis manos, incuso en lo peor del invierno, estaban siempre calientes, todo lo más, con llevarlas metidas en los bolsillos del abrigo. Efectos que perduran incluso ahora, más de veinte años después, siendo la “calefacción de manos frías” para mi mujer y mi hija.

Como ya he comentado, acercarse al maestro Liu era complicado. En primer lugar estaba el hándicap del idioma. Liu no hablaba más que chino y un infame “chinglés” o “chininglish” con algunas palabras sueltas intercaladas en español (o eso pensaría él) bastante incompresible y además los compañeros que lo entendían, no eran muy dados a traducir más allá de lo que consideraban (de un modo bastante discutible) como “imprescindible”. Así que lo primero fue ponerme al día con mis estudios de inglés y adaptarlos al dialecto de Liu.

Luego estaban los compañeros “avanzados” que no permitían o al menos no facilitaban en absoluto el acercamiento.

Y para finalizar, estaban mis circunstancias personales. Por alguna razón, tal vez por mi afición incondicional y entusiasta por las aplicaciones marciales o por detalles de mi carácter, Liu estaba preocupado por que me metiera en peleas. Así que TODOS LOS DÍAS la vernos, lo primero que hacía era preguntarme “¿no te habrás peleado?“. Yo siempre le contestaba que no y el replicaba que “mejor así”. Del mismo modo, CADA DÍA al despedirnos, terminaba con a frase “que no me entere yo que te peleas“. Esta situación se prolongó durante todo un año, con una expulsión (que yo sepa, la única en la historia de nuestro grupo) hacia mi como alumno por parte de Liu, motivada por un malentendido con origen en el idioma, referente al uso “real” de la técnicas. Aunque esa historia la contaré en otra ocasión.

Gracias a mi deseo incondicional de aprender y al tiempo que le dedicaba, en un año, ya estaba consolidado como uno de los alumnos cercanos al maestro Liu y descubrí igualmente, que había cosas que el resto del grupo ignoraba. Por ejemplo, los Miércoles, tras el entrenamiento, el grupo al completo, terminábamos en una hamburguesería cercana donde compartíamos un buen rato con Liu. Durante ese tiempo, podía darnos información teórica sobre lo enseñado ese día, o contarnos historias sobre el TCC, o simplemente charlar “de cualquier cosa”. Pero después, un pequeño grupo le acompañaba hasta su casa…, o eso pensaba yo. La realidad es que al llegar a la altura de su domicilio, ese segundo y ya mucho más reducido grupo, formado sólo por alumnos muy cercanos, recibía una “segunda clase teórica” en un bar cercano, esta vez mucho más explícita y concisa y que podía prolongarse por más de dos horas.

También descubrí que los días de lluvia que en teoría no había clase (entrenábamos al aire libre), en realidad los alumnos que ya he mencionado, le visitaban y recibían más conocimientos en un círculo restringido donde la información fluía de forma continua.

He de decir que no era Liu quien determinaba que personas podían o no asistir a esas “teóricas”. Lo que si sucedía es que la presencia de alguien no “deseada”, se traducía en charla insulsa por parte de Liu, para desesperación de sus alumnos, siempre “hambrientos” de más conocimientos.

Algo que me sorprendía es que Liu decía en privado que muchas de las cosas que enseñaba, eran sólo para un grupo muy reducido de alumnos y que en China se enseñaba con grandes restricciones. De hecho nos comentaba que en el futuro, estas cosas no las debíamos enseñar nunca abiertamente, sino de un modo muy selectivo.

Yo extrañado, porque él enseñaba “todo” delante de todo el mundo, le hice comentarios al respecto. Sonriendo me dijo algo así como “no tiene importancia, sólo los que deban aprenderán“.

La razón de este comentario la entendí años después. Liu enseñaba, muy al contrario de lo que suele suceder con maestros chinos, a un ritmo desenfrenado. De hecho lo hacía al ritmo del más avispado y capaz. El resto, simplemente tenía que “ponerse las pilas” para estar al día. La única razón para parar de enseñar cada día era que todos se lo pidiéramos por “saturación absoluta”.  También es cierto que ese “chorro” de información, estaba restringido a los conocimientos y nivel que él quería transmitir en cada momento y que raramente se le escapaba información relevante sobre temas para los que no nos consideraba preparados. Aunque él tenía muy claro su plan de estudios, nosotros lo ignorábamos por completo y tan solo años después, analizando en perspectiva lo aprendido y como lo enseñó, entendí lo complejo de su metodología y sus “líneas maestras”.

Así las cosas, la mayoría aprendía y olvidaba en el día y tan sólo los que se dedicaban a entrenar de forma seria podían mantener el ritmo. Lo que sumado a que siempre omitía detalles teóricos sobre cada ejercicio que enseñaba y que sólo revelaba ante las preguntas “correctas” de los estudiantes o en las “teóricas secretas”, determinaba que de forma práctica, lo que enseñaba fuera a la postre “solo para unos cuantos”.

Otra anécdota que me reveló como eran las cosas, fue cuando en una ocasión, ya incluido en el grupo de alumnos serios, Liu me tomó para demostrar una técnica, en principio muy simple. Así, delante de todos, mientras agarraba mi brazo para efectuar una técnica de control muy básica, me presionó en un punto de presión del codo, mientras mirándome a los ojos me preguntaba “¿lo has entendido?“. ¡Me acababa de enseñar una “técnica secreta” ante todo el mundo!. De hecho y ante la simplicidad de la técnica “pantalla” utilizada, uno de esos alumnos que no destacaban por su compromiso ni seriedad hizo un comentario sobre “este hombre ya un tanto senil, que no se da cuenta que Antonio, eso ya lo domina“…

Claro que mayor fue mi sorpresa cuando mis “hermanos mayores” se me cercaron discretamente y me preguntaron “que que me había dicho/enseñado“. A lo que les comenté, aparte de que eran unos malnacidos, por no haberme hecho antes partícipe de esa clase de enseñanzas, que por lo visto (y a partir de ese día pude corroborarlo) eran habituales, que me había mostrado un punto de presión. También entendí, que puesto que cada vez elegía a uno distinto de entre sus alumnos para explicar ciertas cosas, el único modo de progresar era compartiendo todo lo que aprendía con mis compañeros y confiar en que ellos hicieran lo mismo, pues era la única manera posible de acceder a “todo” lo que Liu enseñaba,

Ese era el modo de enseñar de Liu. Todo a la vista, pero dentro de cada lección, se escondía una enseñanza paralela que aportaba una profundidad insospechada a cada elemento mostrado. Y este es el modo y circunstancias en que yo aprendí.

Con esta entada, doy por terminada la explicación sobre como enseñaba el maestro Liu, aunque seguiré con el “cómo y qué aprendí yo“. Quedan muchas historias y anécdotas por contar y según vaya escribiendo iré contando algunas. Otras quedarán donde deben, en el recuerdo que tengo de mi maestro durante el tiempo que pasamos juntos y en todo caso, en la intimidad que da estar sentado a una mesa con camaradas, hermanos de escuela y mis propios alumnos.